Desde que recuerdo

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Cuando subimos al carro para regresar a casa de Jua­nito, pedí de inmediato el palo de fósforo, que también se usaba en la boca para no marearse; mi abuela y Abra­hán se rieron, pues era corta la distancia a recorrer. Al día siguiente, ya de nuevo en casa de Juanito, me les perdí; y fue grande la sorpresa cuando me encontraron en casa del tío Guarionex. No sé a qué distancia estaba la casa, pero su asombro se debía a que pensaron que era demasiado para el niño cam­pesino que pisaba la Ciudad Capital por primera vez.

Recuerdo a esta abuela, Josefa Méndez (Fefa), con mucho cariño. Era muy res­petada y tenía facilidad para expresarse; de hecho, las vecinas la buscaban cuando tenían que ir al médico, porque ella sabía expli­car las cosas mejor.

Fui a verla varias veces cuando ya estaba en lecho de muerte. El domingo 30 de mayo de 1982 fui a mi casa a Licey, desde Villa Vásquez, en donde estaba ayudando a los Padres Grullón y Mar­cano. Era el día de las ma­dres, y mi abuela falleció ese mismo día. Le celebré la Misa de cuerpo presente, debajo de la mata de limon­cillo, acompañado de los Pa­dres Diómedes Espinal y Pedro Henríquez. Volví des­de Villa Vásquez a los nueve días, acompañado del seminarista Nelson Acevedo, del grupo de primero de Filoso­fía del Seminario Santo Tomás de Aquino; éste había ido a Villa Vásquez a la muerte de su Padre, a quien celebré Misa de cuerpo presente el sábado cinco de junio. Mons. Moya presidió la Misa de los nueve días de mi abuela, siendo concelebrantes los Padres Dióme­des, Francisco Ozoria, Vini­cio Disla, Fabio Fernández y yo.

El abuelo, Juan Evange­lista Mar­tínez, era muy bue­no con nosotros y con todos. Con los años, a menudo de­cía que le zumbaba la cabeza y luego perdió bastante la audición. Pero mucho antes de eso dejó de salir a la calle, porque no tenía nada para darle a la gente. Tenía gran respeto por las cosas de Dios; como se acostumbraba entonces, no pronunciaba el nombre de Dios o del San­tísimo Sacramento sin antes ­levantarse el sombrero. No sé si también a causa de la edad perdía el sentido de la orientación, (un día, al re­gresar del médico, discutía con sus hijos queriendo entrar en dirección sur –ha-cia su casa– cuando en realidad era en la dirección nor­te); esto mismo me sucedía a mí con cierta frecuencia. Falleció el 18 de enero de 1973, siendo yo seminarista todavía. Fueron celebradas las exequias en la enramada, junto a su propia casa.

Conservo casi entero el sable de su abuelo (mi tata­rabuelo por línea materna), Fernando Martínez, que mi abuelo conservó siempre, y me fue entregado por mis primos Radhamés y Guario­nex Martínez, en presencia de mi tío Alejo Martínez. Se cuenta entre la familia, que este Fernando Martínez era tan fuerte que levantaba un hombre por la correa.

Estos abuelos, ambos muy devotos de la Reina de los Ángeles, pasa­ron mo­mentos duros a causa de algunos de sus cinco hijos varones; eran tiempos difíciles, y algunos de ellos se vieron envueltos en riñas y largas enemistades, por lo que todos vivimos años de sobresalto. No abundaban las armas de fuego, pero era el tiempo de los temibles lengua de mime, enormes cuchillos que rom­pían el pantalón de los hombres altos más abajo de la rodilla. A pesar de esto, ¡cuántos buenos momentos vivimos en la casa de estos abuelos! Conservo gratos recuerdos de las tías Alfonsina (Fonsa), Teresa (Teté) e Hilda, así como de los primos Ra­dha­més, Guarionex y Orlando; Vicente y Alberto; Félix y Rafael (Rafo, luego Ralph) y otros parientes y vecinos, como Felipe, con sus enor­mes pájaros que zumbaban en­cumbrados (chichiguas o cometas muy grandes) y su inextinguible afición por el béisbol.

En esos tiempos se contaban mu­chas historias, sobre todo de muertos; la pobla­ción era mucho menor, por lo que había muchos sitios solitarios, grimosos, se de­cía. Tal era la condición del conuco que estaba hacia el Este, después de Toño Rojas y Tonila, camino a casa de Fonsa y Polo. Recuerdo estos tiempos casi como si no se hubieran ido.

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