De regreso al Seminario Mayor

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Más adelante publica­mos algunas declaraciones de forma conjunta con otros sacerdotes y religiosos(as) del país. Luego entraríamos, varios seminaristas, a una especie de grupo de refle­xión formado por distintas personas de Iglesia. Dicho grupo fue coordinado por algún tiempo por el padre Santiago Hirujo.

En el Seminario coordi­naba el seminarista Lidio Cadet. Teníamos activida­des formativas con miras a conocer la problemática social y a avivar la conciencia eclesial respecto a ella. Para ello realizábamos en­cuentros, especialmente en la casa de La Salle, en la autopista Duarte km. 26 ½, hacia el Cibao.

En Cabarete tuvimos en­cuentros con el profesor Luis Gómez, cuya residencia llegué a visitar en la ca­rretera Sánchez, en Santo Domingo; no olvido su am­plia y bien cuidada biblioteca. También nos reunimos con Max Puig y con otros más. En la casa de La Salle nos encontramos con el Pa­dre Francisco Vanderhoff, holandés. Al final de su in­tervención presidió la Misa.

En el mismo banco sin espaldar en el que estaba sentado, cruzó una pierna sobre la otra, con su panta­lón jean y su camisa a cua­dros; alguien trajo un cáliz (¿?) y pan (si no recuerdo mal, era pan sobao, del colmado) y los colocó sobre el mismo banco. Y así conti­nuó la Misa…

En esos tiempos mante­níamos contactos con Euge­nio Cepeda, Francisco San­tos y otros sindicalistas. Por entonces conocí al Dr. Pli­nio Ubiera. También, a la afable Doña Arlette, la viu­da del Coronel Fernández Domínguez, cuya casa visité una o dos veces.

Fui a la TV por primera vez acompañando al Padre Santiago Hirujo, a un programa del Dr. Ramón Puello Báez, me parece que en Ra­hintel, que estaba por los al­rededores de La Feria.

Después iría a uno de los programas del Padre Fer­nando de Arango, sj, Refle­xiones. Estábamos sentados durante el mismo, y yo, por parecer natural, eché un bra­zo hacia atrás del espaldar de la silla; la gente de casa, en Licey, que estaba viendo el programa, me criticaron la pose, y en ese momento retiré yo el brazo. Decían mis hermanas que yo había oído la murmuración.

El Padre Arango tenía también programas de radio   dirigidos a los trabajadores, que grabábamos en el Semi­nario.

Acudíamos a algunos lugares en donde hubiera conflictos que afectaran a la población: desalojados de Valdesia (cuando Lidio Ca­det se ponía sus jean y sus tenis, sabíamos que iba ha­cia Valdesia), campesinos de Nisibón, con el Padre Juan Torres, etc.

A Nisibón fui con Martín Luzón y Plinio Reynoso, en un carro volkswagen medio destartalado; perdimos la cuenta de las veces que se pincharon las gomas en el camino de regreso, de noche. Creo que la última pa­rada fue en San Pedro de Macorís.

Es curioso que, a pesar de esas andanzas, no bajaban nuestras calificaciones, aunque tuviéramos que bregar nada más y nada menos que con el Mysterium Salu­tis del Padre José Saco… (Lorenzo Vargas llegaba a las tantas los domingos, después de bregar con las cantinas de La Victoria. Por las noches se oía el rápido tecleo de sus dos dedos ín­dices, preparando el trabajo del padre Saco). Aquellos eran tiempos difíciles.

Una noche fuimos a un concierto del Coro Estu­diantil que dirigía el Her­mano Alfredo Morales, con Chahín de solista. Creo que era por los alrededores del parque Independencia. Cuando terminó, los seminaristas caminábamos hacia un punto en el que pudiéra­mos encontrar carro hasta el Seminario.

Al cruzar la calle, tres o cuatro que íbamos juntos (uno de ellos era Puro Blan­co) fuimos interceptados por la policía, y llevados a un destacamento cercano. Co­mienzan a tomarnos los datos, en un saloncito junto a un enrejado repleto de personas detenidas. Cuando llegó mi turno, incómodo como estaba, dije que me llamaba Juan Pérez. Uno de los seminaristas estaba que echaba chispas; decía cosas duras a los policías, lo que me parecía muy imprudente. Parece que estaba nervioso.

Gracias a Dios, otros seminaristas nos alcanzaron a ver al momento de la detención, y al llegar al Seminario avisaron al Rec­tor, el padre Francisco José Arnáiz, sj, quien, a esas horas tuvo que moverse para obtener nuestra libertad. Na­tural­mente, yo tuve problema con el falso nombre, pues el Padre Arnáiz no conocía a ningún Juan Pérez en el Se­minario. Expliqué al policía que había sido error mío. Y así salimos, no sé a qué horas de la noche. El Rector nos explicó que nos acusaban de haber quemado un carro de la embajada de Estados Unidos.

Otro día, tres seminaristas salimos temprano en la mañana rumbo al Cibao. Siempre viajábamos de bola (aventón, autostop…); a veces nos trepábamos sobre camiones cargados de sacos de cuantas cosas. Cuando todavía íbamos por una calle cercana al Seminario nos detuvo la policía. Les explicamos que éramos semina­ristas que íbamos hacia el Cibao. La respuesta de un policía fue: lo que pasa é, que el número tré hata Dió lo ve. Hasta entonces no sabíamos que había policías teólogos…