En aquellos días, Dios sacó afuera a Abrán y le dijo: “Mira al cielo; cuenta las estrellas, si puedes.” Y añadió: “Así será tu descendencia.” Abrán creyó al Señor, y se lo contó en su haber. El Señor le dijo: “Yo soy el Señor, que te sacó de Ur de los Caldeos, para darte en posesión esta tierra.” Él replicó: “Señor Dios, ¿cómo sabré yo que voy a poseerla?” Respondió el Señor: “Tráeme una ternera de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón.” Abrán los trajo y los cortó por el medio, colocando cada mitad frente a la otra, pero no descuartizó las aves. Los buitres bajaban a los cadáveres, y Abrán los espantaba. Cuando iba a ponerse el sol, un sueño profundo invadió a Abrán, y un terror intenso y oscuro cayó sobre él. El sol se puso, y vino la oscuridad; una humareda de horno y una antorcha ardiendo pasaban entre los miembros descuartizados. Aquel día el Señor hizo alianza con Abrán en estos términos: “A tus descendientes les daré esta tierra, desde el río de Egipto al Gran Río Éufrates.” (Génesis 15, 5-12.17-18)

Abrán, así era el nombre de aquel hombre de Ur de Caldea que luego vendría a llamarse Abraham, para que nombre y misión coincidieran. En efecto, Abraham significa “padre de multitudes”; Abrán no significa nada en especial. “Dios sacó afuera a Abrán y le dijo: “Mira al cielo; cuenta las estrellas, si puedes.” Y añadió: “Así será tu descendencia.” Una descendencia tan diversa y numerosa que será imposible contabilizar. Aquí están las raíces “ecuménicas” de la figura de Abraham. Será el tronco de un árbol con muchas ramas. O al menos así nos lo quieren presentar los redactores y los compiladores del Pentateuco (cinco primeros libros de la Biblia).

En el mundo bíblico, la figura de Abraham está vinculada a una ciudad llamada Hebrón, al sur de Jerusalén. Se le vincula con un viejo santuario de allí. Cabe señalar que Hebrón tuvo su importancia en la historia antigua de Judá, no solo por su vinculación con Abraham. Allí David fue ungido rey de Judá y gobernó durante siete años. Su hijo Absalón, cuando se rebeló contra él fue a Hebrón para que lo proclamaran rey. Mucho antes este lugar había sido explorado por los israelitas cuando avanzaban por el desierto, conquistado por Josué y dado como dominio a Caleb. Además, Hebrón forma parte de una región llamada Idumea, habitada por edomitas, lo mismo que por israelitas. Es también la puerta del Négueb, desierto que conecta con el Sinaí, y, por lo tanto, lugar de paso de grandes rutas comerciales. Este carácter “cosmopolita” de Hebrón permite vincular a Abraham con distintos pueblos. De ahí se desprende el “carácter ecuménico” de su figura, vinculada hasta el día de hoy a las tres grandes religiones monoteístas: judaísmo, cristianismo e islamismo.

En cuanto al texto que se nos propone como primera lectura de este domingo, y que encabeza esta página, nos encontramos con un diálogo directo entre Dios y Abrán que termina en una renovación de la alianza. Este texto aparece en el capítulo 15 del Génesis, recordemos que ya en el capítulo 12 Dios le había hecho la misma promesa: concedería a Abraham una descendencia numerosa. Dios se demora en cumplir su palabra, Abraham comienza a desesperarse, le reclama por su demora, se siente defraudado, su fe se tambalea y Dios tiene que renovarle la alianza; por eso dice el texto: “Dios sacó afuera a Abrán”. Habría que señalar que no solo lo saca afuera de la habitación donde está, sino que también lo saca fuera de sí mismo. Abrán está ensimismado, lidiando dentro de sí con la frustración de no ver cumplido su sueño: tener el hijo que garantizaría la descendencia prometida, y tan anhelada.

“Cuenta las estrellas, si puedes”, así de numerosa será su descendencia. Dios desborda los sueños del hombre. Abrán espera un descendiente, Dios le dará constelaciones de hijos. Los horizontes de Dios son ilimitados. Abrán solo tiene que fiarse. El texto nos dice que “Abrán creyó al Señor”. Es lo único que tiene que hacer, creer, esperar contra toda desesperanza. Confiar. La fe de Abrán se gana el corazón de Dios. Por eso la alianza no se hace esperar: “Aquel día el Señor hizo alianza con Abrán”. La misma será renovada dos capítulos más adelante (Gn 17). Una alianza es la entrega confiada de los amantes. Por eso la fórmula típica de la alianza de Dios con su pueblo dice: “ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios”. Luego vendrá la concreción de la misma en el comportamiento que asuma cada una de las partes. 

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