CUIDAR LA PUREZA DE LA FE

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Padre Jan Jimmy Drabczak CSMA

Una de las preocupaciones de los primeros escritores cristianos era que el culto dado a los ángeles no ensombreciera el culto a Dios, dejando en segundo plano el culto que solo merece el Creador. Por este motivo, los teólogos de este período ponían a Cristo en primer lugar, todo dependía de Él y estaba subordinado a Él. Debido a esto, san Pablo advierte contra la “reverencia exagerada a los ángeles” (Col 2,18), que cometían algunos círculos de cristianos de origen judío. También, san Juan prohibió la adoración idólatra de los espíritus celestiales, invitando a “adorar a Dios mismo” (Ap 19,10).

Un culto exagerado a los ángeles se desarrolló entre los cristianos que estaban bajo la influencia del judaísmo, el gnosticismo, la magia u otros cultos paganos. Con esto lucharon los primeros apologetas, es decir, los escritores cristianos que defendían la fe contra las acusaciones de los opositores, que provenían tanto de círculos judíos como paganos. En la segunda mitad del siglo IV, el Sínodo de Laodicea condenó la adoración a los ángeles, por ser oficialmente incorrecta y dijeron:

“Los cristianos no se atreven a dejar la Iglesia de Dios y partir, recurren a la invocación de los ángeles y organizan congregaciones para ellos. Está prohibido. Si se revela que cualquiera practica secretamente tal idolatría, sea excomulgado por haber abandonado a nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, y entrado en la idolatría”.

El obispo de Chipre, Teodoro (386-466), se refirió a la situación descrita anteriormente. Comentando las advertencias que hace san Pablo contra el culto excesivo a los ángeles en la carta a los Colosenses. El citado obispo escribió:

“Mientras defendían la ley, también instaban a adorar a los ángeles, diciendo que la ley se transmitía a través de ellos. Y este error se fue extendiendo por Frigia y Pisidia. Por eso el sínodo, que se celebró en Laodicea, Frigia, prohibió por ley orar a los ángeles. Hasta el día de hoy, existen oratorios de San Miguel, que se pueden ver dentro de sus fronteras. Y lo hicieron por demasiada humildad, hablando, ya que si al Dios de Todo no se puede ver, ni tocar, ni entender, hay que ganarse el favor de Dios a través de los ángeles. Esto es lo que dice Pablo: “en la humildad y el culto a los ángeles”, mientras que el término “demasiado” no está en contra de la humildad. De esto se jactaron, y de hecho perseveraron en el error de la estupidez”.

Teodoro dice que algunos cristianos sostenían erróneamente que la Ley judía fue dada a los hombres por ángeles y que los ángeles eran mediadores con Dios, distante e invisible. Estos dilemas hicieron que la Iglesia hablara con mucha cautela acerca de los ángeles y cuidara para que su culto no sustituyera la debida adoración a Dios.

En los documentos oficiales de la Iglesia, hasta el siglo IV, no había necesidad de hablar de los ángeles pues se pensaba que el tema estaba claro. A pesar de la mencionada condena por parte del Sínodo de Laodicea, el culto a los ángeles siguió floreciendo. El mismo, es tan antiguo como el mundo, pues vemos que se les invoca en el Antiguo Testamento. La Iglesia católica, depositaria de la Tradición, ennobleció, purificó y consagró desde su origen el culto de los santos ángeles.  

No obstante, habiendo rendido algunos herejes un culto idólatra a los ángeles, la Iglesia no permite que se haga mención más que de tres ángeles, cuyos nombres se nos han indicado en la Sagrada Escritura, y sin embargo, desea que honremos a millones de ellos (Ángeles custodios). Por consiguiente, no debemos prestarles homenajes por medio de fiestas particulares (fiesta de palo, santería, devociones encontradas en internet), sino estando en la firme conciencia de que cuando nombramos u honramos a uno de ellos, los comprendemos y reverenciamos a todos, ya que todos componen una ciudad santa. El documento más reciente que aborda esta temática es el Catecismo de la Iglesia Católica del Papa Juan Pablo II, donde resume todo y nos brinda directrices en cuanto a una veneración basada en la pureza de la fe, en tener presentes a los ángeles en nuestras vidas.