Corazón

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Poetas, cardiólogos, literatos, dramaturgos, psicólogos, sacerdo­tes, agricultores, ingenieros, milita­res, pintores, aviadores, todas las profesiones y ocupaciones, desde diversas perspectivas, entran en relación con el tema del corazón.

Independientemente de su acción motora, las Sagradas Escrituras colocan el corazón como el centro de operaciones de las voluntades de la persona y lugar donde Dios actúa; algunos sugieren la existencia de un potente campo electromagnético en el cuerpo del ser humano, cuyo centro es el corazón; otros le otorgan la capacidad de poseer inteligencia in­tuitiva o emotiva, que funciona como una especie de driver que in­fluye sobre la salud, el comporta­miento y hasta en los resultados que las personas obtienen de sus fatigas y proyectos; algunos les asignan la única función de ser un músculo en forma de toalla que se comprime y, en su sincrónico y rítmico movi­miento de sístole y diástole, provoca el bombeo de la sangre por todo el cuerpo.

Cualquiera de las teorías enun­ciadas anteriormente y las demás que faltan, nos dejan perplejos ante un inigualable sistema que combina ingeniería, física, emotividad y espi­ritualidad, prácticamente fuera de la comprensión del ingenio humano.

La sabiduría popular confirma a Blas Pascal, cuando dijo: “El cora­zón tiene razones que la razón no conoce”. Así repetimos frases, co­mo: “Hablar de corazón a corazón”; “hablar con el corazón en las ma­nos”; “escuchar la voz del corazón”; “Tener un corazón grande”.

La Biblia menciona la palabra “corazón” alrededor de mil veces y extrañamente solo el 20% de ellas hacen referencia al órgano que late en el pecho de las personas y animales (2Sam 18,14; 2Re 9,24), el restante 80% la utiliza en sentido figurado. De aquí, el hábito en el cual si en un golpe sorpresa nos preguntan para qué sirve el corazón, sale la respuesta espontánea: “Para amar”. En el subconsciente de la persona, el corazón es la cuna del amor.

Desde las Sagradas Escrituras, el corazón es el lugar donde reside la vida psíquica, interior, natural y sobrenatural del ser humano (1Pe 3,4); regula y determina sus accio­nes, emociones y afectos (Dt 19,6; 20,3; Hech 7,54); dispone de las ideas (Mc 2,6.8) de la fe, la duda, la necedad y la pereza (Job 34,10; Prov 10,20; Lc 24,25); de las decisiones y de la reflexión (Is 10,7; Lc 21,14); es el lugar de la vida moral y religiosa (1Sam 12,20; Mt 5,8), del amor a Dios y al prójimo (Mc 12, 30); del Espíritu Santo (Rom 5,5) y, por demás, hasta el centro de la tie­rra (Jon 2,4; Mt 12,40).

Cualquiera que sea el sentido al que nos referimos, el corazón se constituye en un espacio de suma importancia que revela la esencia de la persona, a tal punto que el mismo Jesús afirmará: “De lo que rebosa el corazón, habla la boca” (Mt 12,34); de aquí, la gran importancia de cui­darlo médica y espiritualmente, porque nos podría delatar en cual­quier momento y entonces, sería de­masiado tarde para contar con las excusas y su fuerza para enmendar lo dicho.

Después de su muerte, pudimos comprender por qué Jesús nos hizo tan importante advertencia: se refe­ría, en primer lugar, a su propio co­razón: De su costado saldría sangre y agua (Jn 19,34) y, en este preciso momento, se abrieron para el mun­do: el corazón eucarístico de Jesús, las puertas del Cielo y el nacimiento de la Iglesia.

Tanto el pan y el vino como estetoscopio, cada día, hacen su función en manos del sacerdote o del médico respectivamente, para significar cuán importante es el cuidado del corazón. La esclerosis espiritual y la esclerosis sistémica, dañan el cora­zón y, a sabiendas de esto, en la Iglesia desde sus inicios apareció la devoción al Corazón de Jesús, aun­que fuera en el Siglo XVII cuando se empezó a sistematizar con el aporte que hiciera Santa María de Alacoque, siendo aún una adolescente de 14 años de edad. Ella comprendió que el Señor la llamaba a in­tensificar el amor a Jesús a través de la devoción especial a su Corazón.

La imagen del Sagrado Corazón de Jesús colgando en las salas de las casas, es un panorama presente hoy en día: aquel rostro apacible, su mi­rada de paz, la mano derecha bendiciéndonos y la izquierda tocando su corazón que, de tanto amar se salió del pecho. La corona que trenzaron en la frente de Jesús aquel primer Viernes Santo, ahora aparece abra­zando el corazón y, las espinas punzándolo, sumándole más heridas al que ya venía sangrando, gracias a la lanza del centurión.

El cuadro, la vivencia, el seto de cemento, de tabla de palma, zinc o de hoja de lata, rememoran la imagen imborrable de amor a Dios por la humanidad, el respeto a nuestros padres, el ambiente de fraternidad entre los hermanos y el sentimiento de ser una verdadera familia, de vivir en casa cada día en un ambien­te sagrado y en las noches, con el Rosario en manos, decir la jaculatoria todos a una sola voz: “Sagrado Corazón de Jesús. En vos confío” y el mes de junio nos renueva su amor cada año.