Como en pleno día y con dignidad

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Viene el Señor, nos toca sacudir la rutina, no para ver qué vamos a comprar, sino “ser instruidos en los cami­nos del Señor”.

San Pablo escribe a los Romanos (13, 11-14ª) como si conociese nuestras fiestas navideñas: “nada de comilonas, ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni pendencias”. Vístanse del Señor Jesucristo. Dejemos las actividades que se realizan en las tinieblas y “pertrechémonos con las armas de la luz. Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad”.

Este tiempo de Adviento debería de enseñarnos a va­lo­rar la vida de una ma­nera diferente. Cada día cuenta. En el Evangelio, (Mateo 24, 37–44), Jesús nos hace contemporáneos de Noe, constructor del Arca. En su tiempo, la gente vivía en “el más de lo mismo”, “la gente comía, bebía y se casaba… y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos.”

Si dejamos que la rutina se adueñe de nuestra vida, la cercana Navidad nos arrasará como un diluvio. Enero nos encontrará partidos, resacados, peleados, avergonzados de excesos en los cuales se insulta y ofende a seres queridos y nos denigramos.

Si nos mantenemos en vela, en oración, leyendo la Palabra, acercándonos en solidaridad a nuestros hermanos, celebraremos la Navidad “como en pleno día y con dignidad”. El Adviento nos alerta, hay Uno que vino, viene y vendrá. Es tiempo de caminar “a la luz del Señor”.