Carlos de Foucauld y la Sagrada Escritura

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Dentro de unos días co­menzamos el Mes de la Biblia, septiembre. En todas las parroquias habrá dife­rentes actividades. Para centrar más y más la Palabra de Dios en nuestra vida cristia­na. Quiero hacer un peque­ño aporte. Qué significó la Sagrada Escritura en el camino de santificación de Carlos de Foucauld.

Podemos resumir su aporte en dos grandes servicios eclesiales: la traducción de los Evangelios y de pasa­jes del Antiguo Testamento a la lengua de los Tuaregs, para que sirviera como ma­terial para los futuros misio­neros; y sus meditaciones escritas sobre pasajes de los Evangelios y del Antiguo Testamento.

Al meditar los textos evangélicos pide al Padre “hazme conocer al Hijo. Haz que cada vez le conozca más, le ame más, le imite más, le sirva mejor, le obedezca más fielmente y así sea cada vez más glorificado por su pobre servidor”. Qué lección tan actual para nosotros.

En 1914 recomienda a Louis Massignon: “Encon­trar el tiempo de una lectura de algunas líneas de los evangelios, siguiéndolos cada día de forma que en un cierto tiempo lo hayamos leído por entero, y después de la lectura (que no debe ser muy larga, medio capítulo como máximo), meditar durante algunos minutos mentalmente o por escrito acerca de las enseñanzas contenidas en la lectura.

Hay que tratar de im­pregnarse del espíritu de Jesús leyendo y releyendo, meditando y volviendo a meditar sin cesar sus pala­bras y ejemplos: que sean en nuestras almas como la gota de agua que cae y vuelve a caer sobre una losa siempre en el mismo lugar”. Haga­mos nuestro este método. Esta recomendación la hizo a uno que quería tomar en serio el seguimiento de Jesús. Hoy es totalmente válida.

Las meditaciones manifiestan la central estima de Carlos de Foucauld por la Sagrada Escritura.

Admira la fe de Jesús mismo en la Sagrada Escritura.

Nos enseña cómo debemos considerar la Sagrada Escritura: “Hay que amarla, adorarla, quererla toda en­tera, leerla con gran cuidado, celo, amor; leerla para venerarla porque es la Pala­bra de Dios, leerla para ajustarnos a ella”.

Nos enseña cómo leer la Escritura: “Leámosla, medi­témosla y tratemos de conocerla lo mejor posible con ayuda de las interpretacio­nes de los doctores para conocer y amar a Dios lo más posible por su medio y para conocer, por ella, lo mejor posible nuestro de­ber… y como sus enseñanzas son la misma verdad, llevémosla a la práctica”. Se trata más bien de una lectio divina. ¿Se adelantó Carlos al Concilio Vaticano II?

Los santos siempre van delante. Que el mes de septiembre fortalezca nuestra pasión por la Palabra de Dios.