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Pbro. Ramón M. Pacheco F.

Hay que pasar por el desierto y permanecer allí para recibir la gracia de Dios

La atracción del desierto la han sentido intensamente todos los místicos cristianos. No sólo porque se sentían peregrinos en esta tierra, sino para disponerse mejor a la ciudad futura, con la eficacísima disciplina contemplativa y purificadora del desierto. A lo largo de toda la historia de la Iglesia, la experiencia bíblico-espiritual del desierto ha estado presente. En nuestro tiempo, ha tomado una fuerza, con experiencias comunitarias y personales, especialmente inspiradas por el ejemplo de Carlos de Foucauld y las diversas familias espirituales que de él han nacido.

Podemos decir que Carlos de Foucauld buscó la vida de desierto, desde los primeros años de su conversión.

Al discernir sobre la vida religiosa en la que debía ingresar, no tardó en limitar su búsqueda sólo a las Órdenes Monásticas, animado, entre otras cosas, por la lectura de las “Vidas de los Padres del Desierto”, traducida por Arnauld d’ Andilly. Foucauld sabía que los fundadores de ellas se habían curtido en el desierto antes de tener discípulos. Eso le animó a escoger la Trapa, lugar de silencio, soledad y total ocultamiento del mundo, para seguir a Jesús, pobre y humilde: “Opté por seguir el ejemplo de los solitarios que excavaron cuevas en las montañas donde Jesús había ayunado, a fin de ayunar toda la vida a sus pies”.

Marcha luego a Palestina y vive “como ermitaño”, en el huerto de las Clarisas de Nazaret, sueña, más tarde, con ser “ermitaño-sacerdote en la cima del Monte de las Bienaventuranzas”; y cuando opta por evangelizar a los más pobres y abandonados, se marcha al desierto del Sahara, para vivir su sacerdocio conservando la soledad y el silencio del desierto, en medio de las personas a las que ha sido enviado.

Pero lo duro y penoso del desierto no es el marco físico, aunque es lo que más impresiona a simple vista, lo fuerte del desierto es la limpieza del corazón que se va a realizar. Fue también, la experiencia de Carlos de Foucauld; ya en la Carta al padre Jerónimo, escrita desde Nazaret, donde Foucauld ejercía de humilde recadero de las hermanas Clarisas, donde afirma: “Hay que pasar por el desierto y permanecer allí para recibir la gracia de Dios”. Para Foucauld esto es indispensable: “Es un tiempo de gracia, es un período por el que debe pasar necesariamente toda alma que quiera dar fruto, es necesario este silencio, este recogimiento, este olvido de toda la creación, en medio de la cual Dios establece en el alma su reino, y forma en ella el espíritu interior, la vida íntima con Dios, la conversación del alma con Dios en la fe, la esperanza y la caridad” (Carta al padre Jerónimo el 19 de mayo de 1898).

El tiempo en el que el hermano Carlos de Jesús, vivió en Tamanrasset, fue un tiempo fuerte de purificación, a través de situaciones dolorosas diversas. El hombre que tenía la Eucaristía como el centro de su vida, se ve obligado a un gran ayuno eucarístico; durante algún tiempo, no sólo no podrá celebrarla, sino que quedará, incluso, sin la Reserva Eucarística, privado de ella; Carlos de Foucauld vive una mayor soledad.

Cualquier forma de vida cristiana auténtica, exige en cierta medida el desierto, no sólo como tiempos dedicados al silencio y la soledad, sino como proceso de purificación y limpieza del corazón. Suele definirse la experiencia del desierto como un tiempo dedicado a “estar a solas con solo Dios”. Los que se aman, necesitan estar juntos y a solas, por eso, la amistad con Dios nos impulsa muchas veces a buscar un tiempo y un espacio adecuado, para estar a solas con Él, así nos lo dice el Hermano Carlos: “En nuestra vida… tomémonos algunos períodos de reposo, de soledad, para pasarlos en compañía de Jesús… es decir, hagamos retiros; y que estos retiros posean tres características”:

1- Que sean descanso, momentos de distensión de los que podamos salir no con el espíritu debilitado, sino, renovado y refrescado por un dulce descanso a los pies de Jesús.

2- Que sea un período de soledad: cuanto más a solas estemos con Jesús, más podremos gustarlo porque el amor gusta del coloquio entre dos.

3- Que sea un período de soledad en compañía de Jesús, continuamente junto a Él; no nos ocupemos más que de Él, manteniéndonos dulcemente a sus pies, ya sea mirándolo sin decir nada, ya sea interrogándolo y siempre gozando de Él.

En definitiva, el desierto es un tiempo para vivir sólo con Jesús y, a través de Él, solos ante la realidad trinitaria de Dios, a la escucha de su palabra, acompañados, cuando es posible, de su Presencia Eucarística, dedicados a orar con los modos de oración que vayan brotando del corazón, con ratos largos de silencio amoroso, haciendo a veces caminatas en su compañía, descubriendo su presencia en el encanto de la naturaleza y de las pequeñas tareas cotidianas.

Tanto para los tiempos de desierto, como para los tiempos en los que somos visitados por noches oscuras, a través de acontecimientos y situaciones diversas, son válidas las palabras que sobre el Salmo 104 escribía el Hermano Carlos de Jesús: “El desierto está lleno de gracias infinitas y sublimes; en él, Dios mismo nos nutre y nos viste; en él se vence milagrosamente a todos los enemigos, con tal de que se sepa orar y obedecer la guía de Dios; en él está siempre Dios con nosotros, en medio de nosotros, hablándonos y guiándonos constantemente; en él nos pone Dios en un estado de pureza y santidad, haciendo de nosotros su pueblo elegido, que camina y vive a plena luz, en el conocimiento de Él, en su amor y en su obediencia, bajo su dirección”.