A veces vamos caminando sin entender con certeza el propósito del viaje.

A veces nuestros actos son reflejos del desamor más que del amor mismo.

Derechos y deberes deberían regir el mundo, así como amor y mansedumbre deberían ser las herramientas para nuestra convivencia con los compañeros de ruta; por lo que detenerse un rato y aclarar el propósito del viaje es determinante.

Ningún hombre llega a la meta por sí solo, aunque así lo piense.

El mundo, la vida, los propósitos, están hechos para servir y sirviendo llegamos juntos a la plenitud del camino, allí donde se ensancha para dar espacio a la libertad.