Las cactáceas nos invitan a repensar la dinámica utilitaria de la creación.

En el universo original, incontaminado y virgen, nada se hizo para sobrar, aún aquello que luce nocivo o simboliza aridez. Según nuestros parámetros, es una fuente de belleza, vida y sabiduría.

Los cactus, como todas las plantas, necesitan agua para vivir, aún así, la mayoría de los miembros de la familia cactaceae se adaptaron al desierto.

En su batalla contra la pérdida de agua, perdieron las hojas y la fotosíntesis pasó a ser trabajo del tallo. Aprendieron a acumular agua en sus tejidos y desarrollaron areolas desde donde se generan espinas, nuevos cactus y flores.

Además, al tener que preservar todo uso de energía bajo el calor extremo, los cactus intercambian gases en la noche, tiempo en que consumen dióxido de carbono, inverso al resto de las plantas.

Los cactus nos enseñan sobre el desierto y sobre mucha gente que ha tenido que adaptarse a la aridez de la solitariedad, de la indiferencia, la soledad de vivir en una condición especial; gente que se ha adaptado creando, en silencio, sus propias maneras de subsistencia, sus propios métodos de defensa ante lo adversos y, más aún, su secreto estilo de florecer.