Aquel día, brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago. Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de prudencia y sabiduría, espíritu de consejo y valentía, espíritu de ciencia y temor del Señor… Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: un muchacho pequeño los pastoreará. La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león comerá paja con el buey. El niño jugará con la hura del áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente. No harán daño ni estrago por todo mi monte santo: porque está lleno el país de la ciencia del Señor, como las aguas colman el mar. Aquel día, la raíz de Jesé se erguirá como enseña de los pueblos: la buscarán los gentiles, y será gloriosa su morada”. (Is 11, 1-10)

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Me regalas, Señor, un texto cuyos verbos casi todos aparecen conjugados en futuro: brotará, florecerá, se posará, habitará. ¿Acaso quieres ponerme a mirar hacia adelante? Hacia “aquel día”, dice el texto. Pero, ¿de qué día se trata? ¿De la Navidad? No lo sé. En todo caso, el futuro me habla de esperanza, de cosas por hacer, de vida por vivir. “En aquel día, brotará…”, así comienza la lectura; para en seguida decirnos: “florecerá un vástago”. Brotar y florecer me hablan de vida nueva que aparece de repente, de primavera después de un estéril invierno, de fruto de algún día, de lo venidero.

Viene a mi recuerdo aquel verso de Antonio Machado: “Al olmo viejo, hendido por el rayo // y en su mitad podrido, // con las lluvias de abril y el sol de mayo // algunas hojas verdes le han salido… Mi corazón espera // también hacia la luz y hacia la vida, // otro milagro de la primavera”. No sé por qué estos versos y las líneas anteriores me hacen pensar en una joven embarazada. No hay mejor imagen para hablar de esperanza, de vida que brota, de acogida al que está por venir.

En efecto, el texto se me anuncia que del viejo tronco y la raíz de Jesé va a surgir una nueva rama con vida; florecerá un vástago, un niño que juega con el mal sin que este le haga daño. Eso será posible por las cualidades que lo adornan: sobre él se derramará el Espíritu, en todos sus dones; encarnará la auténtica justicia, propia del verdadero Mesías; inaugurará un tiempo universal de paz. Con él se inaugurará un tiempo nuevo y una nueva manera de Dios intervenir en la historia, la era mesiánica. Las imágenes bucólicas y poéticas me recuerdan que las grandes cosas solo se pueden comunicar con lenguaje metafórico.

Busco el nombre Jesé en la Biblia y descubro que se trata del padre del rey David, antepasado remoto de Jesús. Me fijo de nuevo en los verbos en futuro y me convenzo de que el texto me remite a la Navidad, la fiesta del nacimiento de Jesús. Recuerdo que un hombre ciego del Evangelio un día le gritará: “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí” (Mc 10,47). Caigo en la cuenta de cómo el Adviento me hace dirigir la mirada hacia la vida escondida… como la raíz del árbol enterrada en el vientre de la tierra.  

Y con el brote nuevo, la paz y la justicia. Estas, noto que se hacen realidad en un paisaje idílico, donde parejas antitéticas de animales, tanto salvajes como domésticos, conviven en armonía. Es el paraíso en la tierra. Todo esto me huele a utopía. ¿Será posible que algún día llegue a unirse lo que está separado y roto? Creo que el misterio de la Navidad pretende precisamente eso: unir lo que parece estar separado de forma abismal, el cielo y la tierra. Un niño es el puente. Un recién nacido con historia, con raíces tan largas y profundas que se retrotraen cerca de diez siglos, conectando con Jesé, padre del rey David.