En la Cuaresma, y especialmente a las puertas de la Semana Santa, el creyente se enfrenta a una de las preguntas más difíciles: ¿dónde está Dios cuando duele? ¿Dónde está cuando muere alguien cercano, cuando el corazón se rompe, cuando la oración parece no tener respuesta? Esta pregunta no es signo de falta de fe. Es señal de que la fe ha entrado en la prueba.
Esto lo vivió profundamente C.S. Lewis, autor de Las Crónicas de Narnia, gran escritor, profesor y uno de los grandes testigos cristianos del siglo XX. Tras la muerte de su amada esposa, Joy Davidman, escribió el libro Una pena en observación (A Grief Observed). Es un texto hermoso, pero también muy duro. Lewis, que antes hablaba con tanta claridad sobre la fe, aquí escribe desde el dolor. Usa palabras hacia Dios que nunca había usado antes. Llega a preguntarse si Dios no será, en realidad, cruel. Es impactante. Pero precisamente por eso es tan verdadero: no disfraza el sufrimiento, lo enfrenta.
Sin embargo, Lewis no se queda en la desesperación. Poco a poco descubre que su fe anterior era como un castillo hecho de cartas. Pensaba que confiaba en Dios, hasta que la vida le exigió todo. Utiliza una imagen muy fuerte: uno puede confiar en una cuerda cuando sirve para atar cosas, pero solo cuando está al borde del abismo y debe sostenerse en ella con todo su peso, descubre si realmente confía. Lewis comprende entonces que Dios no es un sádico cósmico. Dios sigue actuando incluso en medio del dolor.
Y aquí aparece san Miguel Arcángel. No es solo una figura de batalla en imágenes. Es defensor de la verdad sobre Dios. Una de las tentaciones más profundas es creer que Dios está en contra de nosotros, que disfruta nuestro sufrimiento o que nos ha abandonado. Esa es la mentira del maligno. San Miguel combate precisamente esa mentira. Nos recuerda que Dios no destruye al hombre, sino que lo conduce a través de la oscuridad hacia la luz.
La Semana Santa es la mayor prueba de esto. Jesús no baja de la cruz para demostrar poder. No aparece como un “deus ex machina” que resuelve todo en un instante. Entra en el sufrimiento hasta el fondo. Llora ante la tumba de Lázaro. Sufre en Getsemaní. Muere realmente. Y justamente allí se revela el sentido profundo que muchas veces no vemos. Dios no es un sádico. Dios es amor. Un amor que no huye del dolor humano, sino que lo asume.
Por eso vale la pena vivir esta Semana Santa con Dios. Sin huir del dolor, sin maquillarlo, sin pretender que todo es fácil. Hay que entrar con Jesús en el Cenáculo, permanecer al pie de la cruz y esperar junto al sepulcro. Solo así se puede comprender verdaderamente la resurrección.
San Miguel hoy nos recuerda una verdad sencilla pero salvadora: en el sufrimiento no hay crueldad de Dios. Hay misterio. Hay un sentido profundo. Hay un camino hacia una fe más madura. Y allí donde el hombre ve oscuridad, Dios ya está preparando la luz.




