La gracia de Dios también requiere nuestra colaboración
En el Quinto Domingo de Cuaresma, el Evangelio nos presenta uno de los signos más conmovedores de Jesús: la resurrección de Lázaro. Ante la muerte de su amigo, el Señor no permanece distante. Se acerca, comparte el dolor de Marta y María y llora con ellas. En ese gesto descubrimos un Dios que no es indiferente al sufrimiento humano.
Sin embargo, el relato no se detiene en la tristeza. Jesús pronuncia una palabra llena de esperanza: “Yo soy la resurrección y la vida”. Con estas palabras revela que la muerte no tiene la última palabra. En Él, Dios abre un horizonte nuevo donde la vida vence a la oscuridad.
La Cuaresma nos conduce precisamente hacia ese misterio. A lo largo de este camino hemos sido invitados a reconocer nuestras sombras, a purificar el corazón y a volver al Señor. El episodio de Lázaro nos recuerda que incluso aquello que parece perdido puede ser transformado por la fuerza de Dios.
También nosotros experimentamos momentos de “tumba”: situaciones que parecen cerradas, heridas que no sanan o esperanzas que parecen extinguirse. Frente a esas realidades, el Señor sigue pronunciando su palabra de vida. Él nos llama por nuestro nombre y nos invita a salir de lo que nos mantiene atados.
Antes de devolver la vida a Lázaro, Jesús pide que retiren la piedra. Ese gesto nos enseña que la gracia de Dios también requiere nuestra colaboración. Abrir el corazón, confiar y permitir que Dios actúe, es parte del camino de fe.
Al acercarnos a la Pascua, este Evangelio fortalece nuestra esperanza. El Señor es la vida verdadera y en Él todo puede renacer.
Pidamos la gracia de escuchar su voz y de caminar hacia la luz que anuncia la Resurrección.
Ánimo.
Ysis Estrella Roman



