Cuando parece que todo ha terminado, el cielo comienza a actuar

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Dios y sus ángeles traen la vida

En la vida de las personas hay momentos en los que todo parece terminado. Situaciones que humanamente no tienen salida: una enfermedad grave, una crisis familiar, la pérdida dolorosa de un ser querido o un fracaso que nos deja sin fuerzas. 

Cuando estas circunstancias llegan, muchos piensan que todo ha llegado a su final. Sin embargo, la fe cristiana recuerda una verdad que atraviesa toda la historia de la salvación: cuando el ser humano llega a su límite, el cielo comienza a actuar.

El Evangelio del quinto domingo de Cuaresma (ciclo A) presenta uno de los signos más impresionantes de Jesús: la resurrección de Lázaro. Cuando Jesús llega a Betania, su amigo ya lleva cuatro días en el sepulcro. Para la mentalidad judía de aquel tiempo, esto significaba que ya no había esperanza. Todo parecía definitivamente terminado. Por eso Marta dice con sinceridad: “Señor, ya huele mal”. Humanamente hablando, ya es demasiado tarde. Pero Jesús quiere mostrar algo fundamental: para Dios nunca es demasiado tarde. 

Allí donde el ser humano ve un final, Dios puede abrir un comienzo. Frente al sepulcro cerrado, Jesús grita: “¡Lázaro, sal fuera!”. Y el muerto sale del sepulcro. Es una señal poderosa de que Dios tiene la última palabra sobre la vida y sobre la muerte.

La historia también ofrece testimonios sorprendentes de esta esperanza. Un ejemplo impresionante es la vida de la escritora polaca Zofia Kossak. Durante la Segunda Guerra Mundial fue arrestada por los nazis, torturada y enviada al campo de concentración de Auschwitz. 

Humanamente parecía que todo estaba perdido. Sin embargo, sobrevivió y continuó dando testimonio de su fe. En medio de aquella oscuridad escribió una frase que resume su esperanza: “Sólo cuentan Dios y el prójimo; todo lo demás es humo”. Historias como estas nos recuerdan que incluso en las situaciones más difíciles Dios puede abrir un camino inesperado.

Las generaciones anteriores hablaban con mucha naturalidad de la presencia de los ángeles. Nuestros abuelos tenían una fe sencilla y profunda en la protección de Dios.

En mi familia se contaba una historia ocurrida al final de la Segunda Guerra Mundial. Muchas personas regresaban caminando hacia sus lugares de origen, porque no había transporte. Entre ellas iban tres jóvenes amigas que decidieron atravesar un bosque para acortar el camino. Allí fueron sorprendidas por soldados y la situación se volvió muy peligrosa. Dos de ellas fueron capturadas, mientras la tercera, que se había apartado un momento, escuchó los gritos y fue descubierta también.

En ese momento apareció un oficial de mayor rango. Al ver lo que sucedía ordenó que nadie la tocara y la condujo hasta una estación cercana. Allí había vagones de carga llenos de animales que salían del lugar. La ayudó a subir para que pudiera escapar.

Antes de irse le preguntó: “¿Sabes quién te ayudó?”. La joven, todavía impactada por todo lo ocurrido, no pudo responder. Entonces él dijo: “Aquel a quien siempre le rezas”. Después desapareció entre la gente.

También en nuestra tierra dominicana muchas familias pueden contar historias semejantes, momentos en que parecía que todo estaba perdido y, sin embargo, Dios abrió un camino inesperado.

Tal vez alguien que lee estas líneas está viviendo ahora un momento difícil. El Evangelio de Lázaro nos recuerda que nunca debemos cerrar la puerta a la esperanza. Cuando parece que todo ha terminado, Dios todavía puede actuar.

Porque cuando todo parece perdido, el cielo ya está trabajando. Y cuando Dios actúa, incluso en silencio, la vida vuelve a levantarse.