Si uno tuviera que buscar en el Evangelio un lugar donde Jesús se sintiera “como en casa”, probablemente sería Betania. Allí vivían tres hermanos: Lázaro, Marta y María. No eran apóstoles, ni sacerdotes, ni doctores de la ley, eran algo mucho más sencillo y más profundo: amigos.
Y eso dice mucho. Porque a veces imaginamos a Jesús siempre rodeado de multitudes, predicando, haciendo milagros, sí, pero también tenía un lugar donde llegar sin protocolo, donde lo recibían con mesa servida y puerta abierta. Una casa amiga.
Marta era la de la logística: la que se ocupaba de que todo funcionara. María, la contemplativa: la que sabía sentarse a escuchar. Y Lázaro… Bueno, Lázaro era el amigo que simplemente estaba, que quería y se dejaba querer. Tres personalidades distintas, una misma hospitalidad.
Como monjes y guiados por la tradición cristiana, siempre hemos visto en Betania una pequeña imagen de la Iglesia: acogida, servicio, escucha y amistad con Cristo, bajo un mismo techo.
Pero la historia se pone seria cuando aparece la enfermedad. Lázaro muere. Y el Evangelio deja un dato que siempre impresiona: Jesús llora (Jn 11,35). El Hijo de Dios no se hace el fuerte, ante la pérdida temporal de su Amigo, se conmueve, hasta estremecerse. La amistad verdadera toca el corazón.
Y entonces llega el momento que rompe todos los cálculos: “Lázaro, sal fuera.”
La tumba se abre, el muerto camina. Y Betania pasa de casa amiga a escenario de una señal enorme: la resurrección no es teoría; es promesa real.
Pero el milagro tiene un detalle curioso, de esos pequeñitos que pasamos por alto, pero que bastan para una catequesis completa. Jesús no se mueve, no se acerca a Lázaro a quitar las vendas, les dice a los demás: “Desatenlo y déjenlo caminar.”
Como diciendo que la vida nueva que Dios da también necesita comunidad que acompañe. Betania nos recuerda esto que es muy simple y lamentablemente olvidado: la fe cristiana no se vive solo en templos o en teorías bonitas. Se vive en las casas, en mesas compartidas, en el trabajo, la universidad, en amistades que dejan entrar a Cristo.
Porque cuando Jesús entra en una casa, pasan cosas inesperadas: el servicio encuentra sentido, la escucha se vuelve luz, la amistad se vuelve eterna… y hasta una tumba puede quedarse sin la última palabra.
Hasta un próximo encuentro,
DESDE EL MONASTERIO




