José Jordi Veras Rodríguez

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Un pasaje de las Escrituras que siempre nos resuena, Gálatas 6:9: “No nos cansemos, pues, de hacer el bien; porque a su tiempo cosecharemos, si no nos desanimamos”. A veces vivimos rodeados en esta sociedad de actitudes, comportamientos y prácticas, que no se corresponden con ejemplos, sin embargo, diera la apariencia que aquí se castiga o sanciona o se ponen las reglas de juego más difíciles que aquellos que no tienden a cumplirlas.

En una sociedad como la nuestra donde la inversión de valores ha caído en su grado de descomposición, no resulta fácil hacer que la impunidad y la corrupción, pública o privada, sea sancionada o se llame en atención, porque es como si  todo un sistema estuviera adecuado para realizar las bellaquerías y el tigueraje.

A propósito del pasaje mencionado, nos viene a la cabeza, cuando pensamos, que para mantener un camino correcto y honesto en este país, hay que hacer un gran esfuerzo, porque no eres ni formas parte de lo que es ordinario y normal. 

Puede que en algún momento, dentro de una organización política, empresa privada o pública, tu comportamiento serio, responsable, y honesto, pueda causar ronchas o ganar enemigos gratuitos, que se sienten “incómodos” con tu proceder, calificado de “desadaptado” ante una forma de llevar la vida, que es más acorde al “dejar hacer”, que a buscar a aplicar lo que es el pasaje mencionado más arriba.

Hace poco, leímos un artículo titulado: “Honesto, ladrón”, de la periodista Mariela Mejía. El cual, en pocas palabras, establecía el parámetro considerado correcto o no, y si dependía de ser pobre o rico, e indicaba, lo siguiente: “Si te pregunto quién de estos tres no es un ladrón, ¿cuál escoges?:

“a) Un funcionario público que desvió fondos del Presupuesto para comprarse una villa”.

“b) Un padre de familia que se topó con un accidente en la carretera y le sustrajo los tenis al aturdido conductor””.

“c) Una mujer que fue a recoger arroz, desparramado desde un camión, de una empresa privada que se volcó en la autopista”.

Continúa indicando: “En Bolivia desplegaron la fuerza pública la semana pasada y amenazaron con arrestos, después de que se armara el caos tras accidentarse una aeronave que transportaba el equivalente a 7.2 millones de dólares en billetes bolivianos, aún sin validez legal. Murieron 24 personas. Una turba se lanzó entre el fuselaje destruido para tomar —¿o robar?— los billetes. Se allanaron más de 20 viviendas en busca de lo sustraído”.

“En Japón, cámaras de seguridad grabaron cómo la gente ayudaba a un conductor a recoger una carga que se le cayó de su vehículo. Limpiaron hasta la calle. ¿Se comportaron así porque son ricos? No. Porque son honestos”.

El ser honesto y hacer lo correcto, no tiene nada que ver, si eres pobre o rico, o funcionario o empleado. Es de los valores que como persona posees. 

Sin embargo, lo que hoy vemos en nuestra sociedad, que es más valioso e importante, el que se pasa por “vivo”, y busca justificar a como dé lugar lo que obtiene, a ser alguien honesto.