Tarde te amé

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Raquel B. Sosa Bretón

Esta semana descubrí la belleza de la canción “Tarde te amé”, inspirada en una oración de San Agustín que se encuentra en su libro -que anhelo leer-, “Confesiones”.

La he descubierto leyendo sobre un encuentro que tuvo un grupo de seminaristas españoles con el Papa León XIV, en el cual, en la publicación se relata cómo el mismo Sumo Pontífice no ha podido resistir a no conmoverse al escuchar cantar a los seminaristas. Yo también acabé siendo víctima del efecto agustiniano.

Sin embargo, justo antes de agradecer por haber encontrado el artículo que relató la escena de los seminaristas y el Papa, mis ojos se cruzaron con otro artículo titulado “Agilidad y paciencia” y apenas leyendo, entre la sexta y séptima línea, me quedé con estas palabras: “Lo lento parece antiguo. Lo veloz parece moderno”. Entonces alcancé a dimensionar la totalidad de mi gratitud con la canción.

Y es que, viviendo en un permanente estado de celeridad, haber tenido la valentía de desafiar lo moderno para detenerme en lo antiguo con esta belleza de San Agustín, se siente hasta extraño, cuando debería ser lo normal, lo típico, lo acostumbrado: detenernos para darle sentido a nuestros días y con esto, a nuestra vida. 

Ya decía el Papa a los seminaristas: “[…] aprended a reconocer la acción de Dios en lo concreto de cada jornada. Una mirada que no se improvisa ni se delega, sino que se aprende y se ejercita en lo ordinario de la vida”.

Ignorando que me tomó tres décadas descubrir esta oración llena de verdad divina, agradezco el fragmento de segundo que me tomó detenerme en ella, el cual hizo que me diera cuenta de que tengo el privilegio de poder decir que, gracias a mis padres: Temprano te amé.