Padre Jimmy Jan Drabczak

El cuarto domingo de Cuaresma es conocido en la liturgia como el domingo Lætare. Esta palabra latina significa “Alégrense” y abre la antífona de entrada de la misa de este día. 

En medio del camino penitencial de la Cuaresma, la Iglesia nos invita a levantar la mirada y recordar que la meta de este tiempo no es la tristeza, sino la alegría de la Pascua. En este contexto resuenan hoy las palabras de Jesús: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue tendrá la luz de la vida.”

Estas palabras iluminan el Evangelio del hombre ciego de nacimiento. Jesús realiza un milagro extraordinario: devuelve la vista a un hombre que nunca había visto el mundo. Lo lógico sería que todos se alegraran por esta manifestación de la misericordia de Dios. Sin embargo, ocurre lo contrario. Los fariseos comienzan a investigar el hecho, interrogan al hombre curado, llaman a sus padres y buscan una explicación para negar el milagro. Pero el hombre responde con una simplicidad llena de verdad: “Una cosa sé: yo era ciego y ahora veo.”

Este episodio nos enseña que muchas veces la acción de Dios no es comprendida por el mundo. Cuando Dios actúa, siempre hay quienes intentan explicarlo todo de manera puramente humana para no reconocer su presencia. Sin embargo, la historia de la salvación nos recuerda que Dios nunca abandona al ser humano. Él envía sus mensajeros: los ángeles. 

En la Biblia los ángeles aparecen como signos de la presencia y de la protección de Dios. Ellos acompañan al pueblo de Dios, lo defienden en los momentos difíciles y ayudan a descubrir la verdad. Aunque normalmente no los vemos, la fe nos enseña que Dios sigue actuando en la historia y en la vida de cada persona.

También en la historia de los pueblos podemos reconocer momentos en los que la fe parece sostenida por la mano de Dios. En la República Dominicana existe una tradición profundamente

querida por el pueblo: la llegada providencial de la imagen de Nuestra Señora de la Altagracia, intercesora del país. 

Según la tradición, una niña pidió a su padre una imagen de la Virgen. El hombre la buscó por muchos lugares sin encontrarla. En el camino de regreso encontró a un anciano misterioso que le entregó el cuadro que hoy se venera en Higüey. Al día siguiente aquel hombre desapareció sin dejar rastro. Muchos creyentes interpretaron aquel encuentro como un signo de la providencia de Dios. Pero la acción de Dios no se manifiesta solamente en los grandes acontecimientos de la historia. También aparece en la vida cotidiana de las familias. 

En Santiago de los Caballeros, una familia recuerda con gratitud el nacimiento de su hijo. Durante el embarazo surgieron complicaciones médicas. Todo parecía normal hasta que el médico decidió repetir un examen por una intuición inesperada. Entonces descubrieron que el cordón umbilical estaba rodeando el cuello del bebé. Fue necesaria una intervención inmediata y el niño nació sano.

Historias como estas recuerdan que Dios sigue actuando en nuestra historia y en la vida diaria. La tradición cristiana enseña que los ángeles son signos de esa presencia invisible que acompaña al ser humano y lo guía hacia la luz.

Que San Miguel Arcángel nos ayude a reconocer la presencia de Dios en nuestra historia y a caminar siempre en la luz de Cristo.