Durante su fructífero pontificado, el papa Francisco nos habló de un nuevo pecado: el “pecado de la desinformación”. Con el paso del tiempo resulta más evidente lo afirmado por Su Santidad, siempre recordado, entre innumerables aspectos, por ser un gran guía espiritual, enriquecer la Enseñanza Social de la Iglesia y por ser una voz de esperanza y motivación en un planeta repleto de conflictos, intolerancia y egoísmo, aunque los buenos sean mayoría.

En esta época, en la que una noticia incorrecta o manipulada puede determinar guerras y el destino de una nación o del mundo, desinformar puede ser tan o más peligroso que la soberbia, avaricia, envidia, ira, lujuria, gula y la pereza. 

Y es más lamentable cuando varios pecados capitales se entrecruzan, como suele suceder. Un pecado arrastra a varios. El mal, que es cobarde y le huye a la soledad, tiene como meta contagiar y destruir, y para ello se afana y ufana por actuar en grupo, entre iguales, todos con conciencias marchitas.

Por ejemplo, sufrimos varias guerras, cuyos resultados a veces podemos observar en vivo. Pero, además de las que tienen lugar en varios países, hay batallas crueles en los medios de comunicación para convencernos de que un lado u otro tiene la razón, cuando probablemente nadie la posea en absoluto.

Cada minuto nos inundan de noticias, en las que (a lo que hemos llegado) las muertes y los daños al contrario se anuncian con alegría: que matamos 100 generales y soldados, que destruimos varias ciudades, que seremos implacables para aplastar al enemigo, que ganaremos como sea, que somos justicieros, que actuamos en defensa propia… en fin, son tantas las informaciones que nos llegan, muchas contradictorias, que se nos dificulta determinar cuál es verídica.

Y como hay pánico colectivo, la gente acepta como bueno y válido todo lo que le llegue por cualquier medio, pues no hay respuestas para tantas preguntas; entonces, jurando que hacen un bien y actuando de buena fe, promueven lo recibido como si fuera cierto, y así continúa la cadena, haciendo daño.

De mi parte, para más o menos creer en algo, lo primero que hago es buscar la fuente original. Y, de todas maneras, espero un tiempo prudente, analizando. Si noto lógica, lo valoro razonablemente, a sabiendas de que nunca faltan intereses que tienden a tergiversar la información.

Los que tenemos acceso a la radio, la televisión, los periódicos impresos y digitales, páginas virtuales e internet, debemos tener bastante cuidado con lo que vemos, leemos y escuchamos, porque la verdad y la mentira hoy bailan juntas, al compás del ritmo impuesto por el “pecado de la desinformación”.