“El que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás.” (Jn 4,14)
En este Tercer Domingo de Cuaresma, el Evangelio nos presenta el encuentro de Jesús con la mujer samaritana. Es un diálogo que comienza con una petición sencilla: “Dame de beber”. El Señor se acerca con humildad y abre un espacio de confianza. Allí, junto al pozo, se revela una verdad profunda: todos llevamos dentro una sed que ninguna realidad material puede apagar.
La mujer había buscado llenar su vida con múltiples intentos y relaciones frágiles. Jesús no la condena; la conduce suavemente hacia la verdad. Le habla de un agua viva que salta hasta la vida eterna. Esa agua es su gracia, su Espíritu, su presencia transformadora. Solo en Él el corazón encuentra descanso verdadero.
La Cuaresma es tiempo de reconocer nuestra sed. A veces intentamos saciarla con trabajo excesivo, con distracciones o con seguridades pasajeras. Sin embargo, seguimos sintiéndonos vacíos. El Señor nos invita a acercarnos al pozo de la oración, a dejarnos mirar por Él y a escuchar su palabra que sana.
Cuando la mujer samaritana descubre quién es Jesús, deja su cántaro y corre a anunciarlo. El encuentro auténtico con Cristo siempre genera misión. Quien se siente amado y perdonado no puede quedarse en silencio.
También nosotros estamos llamados a dejar el “cántaro” de nuestras falsas seguridades y a confiar en el agua viva que el Señor nos ofrece. En medio del camino cuaresmal, Él nos espera con paciencia y ternura.
Pidamos la gracia de reconocer nuestra necesidad de Dios y de abrirle el corazón sin reservas. Que esta Cuaresma nos permita experimentar el agua que limpia, renueva y fortalece, y que podamos compartir con otros la alegría de haber encontrado al Señor.
Ánimo.
Ysis Estrella Román.




