Cuaresma: Más que promesas, un cambio real de vida

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Maria Fiordaliza Nuñez Valerio

Directora de la Escuela de Derecho UCATECI

Cada año, al comenzar la Cuaresma, la Iglesia nos dirige una invitación clara y directa: “Conviértanse y crean en el Evangelio”. No se trata de una frase simbólica ni de una tradición que repetimos sin pensar. Es un llamado urgente a transformar la vida. La conversión no puede quedarse en buenos deseos o propósitos pasajeros; debe convertirse en un cambio real y concreto.

La Cuaresma nos recuerda los cuarenta días que pasó Jesucristo en el desierto. Allí enfrentó tentaciones y pruebas, pero también fortaleció su fidelidad al Padre. Ese desierto no fue una pausa estéril, sino un tiempo de preparación y decisión. De la misma manera, nuestro camino cuaresmal no puede reducirse a prácticas externas sin transformación interior.

Es cierto que durante este tiempo aumentamos nuestras expresiones religiosas: participamos en el viacrucis, practicamos el ayuno, asistimos con mayor frecuencia a la Eucaristía. Todo ello es valioso. Sin embargo, el riesgo está en vivir la Cuaresma sólo como cumplimiento de normas. La verdadera conversión va más allá de lo visible; toca el corazón y se refleja en la vida diaria.

Convertirse significa cambiar de dirección. Es revisar nuestras actitudes, nuestras palabras y nuestras acciones. Es preguntarnos con sinceridad: ¿he perdonado de corazón? ¿he sido justo en mis decisiones? ¿mi fe influye realmente en mi manera de vivir? 

No basta con privarnos de ciertos alimentos, si seguimos alimentando el resentimiento, la indiferencia o la soberbia.

El profeta Isaías lo expresó con fuerza: el ayuno que agrada a Dios es romper las cadenas de la injusticia y compartir el pan con el hambriento (Isaías 58). Este mensaje sigue siendo actual. Nuestra conversión debe notarse en gestos concretos: en la reconciliación familiar, en la honestidad en el trabajo, en la solidaridad con los más necesitados.

Un medio privilegiado para vivir esta transformación es el sacramento de la Reconciliación. Allí no solo reconocemos nuestras faltas, sino que experimentamos la misericordia que nos renueva. Confesarse no es repetir errores sin esperanza; es permitir que la gracia de Dios nos fortalezca para comenzar de nuevo.

La Cuaresma es, por tanto, una oportunidad. No sabemos cuántas más tendremos. Hoy es el momento de dar un paso concreto: pedir perdón, abandonar un hábito dañino, dedicar tiempo a la oración, practicar una caridad más generosa. 

No se trata de cambiarlo todo de una vez, sino de comenzar con decisión.

Cuando la conversión es auténtica, la Pascua deja de ser solo una celebración litúrgica y se convierte en experiencia de vida nueva. 

Quien se atreve a cambiar de verdad, descubre que la alegría de la Resurrección comienza ya en el corazón que ha decidido volver a Dios.