Al inicio del último tercio del invierno, el atardecer se revela con su luz dorada: una claridad que no viaja, permanece; eterna, sosteniendo así el pulso de todo lo que existe. Luz que da sentido tanto a la vida como a la muerte, a lo que nace y brota, a lo que cae y a lo que florece.
Frente a su resplandor permanente, los fantasmas del mundo se imaginan oscuros, definidos por contraste, recordándonos que incluso la sombra necesita de la luz para existir. En ese juego silencioso entre brillo y penumbra, la realidad se transforma y nos invita a contemplar su misterio.
Y ahí estamos, en mitad del camino entre invierno y primavera, espectadores del paso de las horas, eligiendo cada día en qué ámbito habitar: en la luz que revela, en la sombra cómplice, en la penumbra que sugiere o en las tinieblas, que de descuidarnos, lo envuelve todo.




