Ysis Estrella Roman

“Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escúchenlo.” (Mt 17,5)

En el Segundo Domingo de Cuaresma, la liturgia nos conduce al monte de la Transfiguración. Jesús toma consigo a Pedro, Santiago y Juan, y ante ellos manifiesta su gloria. Su rostro resplandece como el sol y sus vestiduras se vuelven blancas como la luz. Es una revelación que fortalece la fe antes del camino hacia la cruz.

La Cuaresma no es solo penitencia; es también contemplación. Antes de enfrentarse al sufrimiento, los discípulos reciben un anticipo de la gloria. El Padre confirma la identidad de Jesús y pronuncia una palabra decisiva: “Escúchenlo”. En medio de tantas voces que distraen, el creyente está llamado a centrar su vida en la voz del Hijo. 

Subir al monte significa apartarse un momento del ruido cotidiano para encontrarse con Dios. Necesitamos espacios de oración que iluminen nuestras decisiones y den sentido a nuestras luchas. Sin esa luz interior, el camino puede volverse oscuro y pesado.

La Transfiguración nos recuerda que la cruz no es el final. La gloria está unida al amor fiel. Jesús no evita la entrega, pero la vive sostenido por la certeza del Padre. También nosotros, en nuestras pruebas, podemos apoyarnos en esa misma promesa.

Esta semana cuaresmal es una invitación a escuchar más profundamente al Señor. Escucharlo implica obedecer, confiar y caminar tras sus pasos. Cuando la Palabra ilumina el corazón, cambia la manera de vivir y de mirar la realidad.

Pidamos la gracia de dejarnos transformar por la luz de Cristo. Que su presencia fortalezca nuestra fe y nos prepare para celebrar con esperanza la Pascua que se acerca.

Ánimo.