Elevar los ojos al cielo para recordar nuestra identidad

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En estos días las redes sociales han estado agitadas con el tema de los therians: personas que afirman identificarse espiritualmente –o incluso existencialmente– como animales. Videos, debates, burlas, indignación. El algoritmo feliz. La conversación está encendida. Pero…, calma.

Más allá del ruido digital, conviene entender de qué se habla: no es zoología, es identidad. Es una corriente donde algunos dicen sentir que su verdadera naturaleza es animal –lobo, gato, zorro– y lo expresan en conducta, estética o autopercepción.

Ahora bien, antes de reírnos o rasgarnos las vestiduras, conviene recordar algo incómodo: la idea de que el hombre puede comportarse como bestia no es nueva, la Biblia ya lo contó. En Daniel 4 (cf. 4, 30-34; 5, 20-21), Nabucodonosor pierde la razón y vive como animal, comiendo hierba, hasta que “alzó los ojos al cielo” y recuperó el juicio. No fue magia. Fue el retorno. Volvió a reconocer a Dios… y volvió a ser hombre.

Jesús mismo nos habla del hijo pródigo (Lucas 15, 11-32). El pecado no lo convirtió en lobo místico, pero sí lo llevó a terminar entre cerdos, deseando su comida. La degradación no fue biológica, fue espiritual. 

El pecado deshumaniza. Y aquí está la clave cuaresmal, el problema no es que alguien diga “me siento animal”,  el problema es olvidar que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios (Génesis 1, 27). Nuestra dignidad no viene de lo que sentimos en un momento dado, viene de nuestro origen.

Dios no nos quita la dignidad cuando pecamos, somos nosotros quienes nos apartamos de la fuente de donde mana esa dignidad.

La Escritura no se burla de quien pierde el rumbo. Tampoco dice “qué raros”. Más bien muestra algo más profundo: así se comporta el corazón cuando se aleja del Padre. 

La Cuaresma no es para señalar con el dedo, es para mirarnos al espejo. Porque todos, de una forma u otra, hemos vivido momentos de desorden interior, de confusión, de hambre equivocada. Y la solución bíblica siempre es la misma: elevar los ojos al cielo, volver a casa.

En Cristo recuperamos la razón. En Él recordamos quiénes somos. No bestias perdidas, sino hijos de Dios.