¡El privilegio de ser de Santiago y del Cibao!

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Pedro Domínguez

Los cibaeños, en este caso los santiagueros, nos consideramos privilegiados por Dios. Independientemente de nuestra real y extraordinaria modestia, nos caracterizamos por ser honestos, cultos, inteligentes, educados, visionarios, serviciales, amantes del deporte, promotores del arte, excelentes trabajadores y justos empleadores, entre otras virtudes que resaltan nuestra evidentísima humildad.

¿Ejemplos? El fin de semana pasado Juan Luis Guerra presentó en Santiago dos conciertos a casa llena; ProCigar, como capital mundial del tabaco que somos, fue todo un éxito; y nuestro carnaval tiene un colorido y una organización envidiables hasta en Río de Janeiro.

Ahora escribiré alejado del fervor por mi terruño y siempre respetando a las demás regiones del país, con su gente buena y admirable. ¿Cómo somos? Tenemos espíritu fuerte y noble sentimiento campechano; valemos por lo que somos, no por lo que tenemos. 

Una sencilla profesora de generaciones es más admirada que un millonario. Cucharimba es más querido que casi todos los que poseen mansiones. Si usted no tiene don de gente, sea pobre o rico, nunca tendrá lugar en nuestros altares. 

No permitimos que nos “echen vainas” con vanidades o simulando opulencia: nos percatamos de inmediato de quienes posan y nos dan lástima. No nos agradan los que fingen, los que empeñan hasta el alma para aparentar.

Nuestro lenguaje es llano, llamamos a las cosas por su nombre, para sorpresa de los delicaditos que no entienden la espontaneidad o falsamente se asombran de la sana libertad de expresarse. ¡Y nos encanta “conveisai” con la “i”! Reímos con gusto, sin disimulo, con una carcajada silvestre y diáfana. Cumplimos con la palabra dada.

Damos las direcciones exactas. Nos fascina ser hospitalarios, brindarle café al vecino, hacer amigos en un santiamén, compartir con la familia y los allegados. No nos incomoda que nos llamen campesinos o “del interior”, pues vivir en la naturaleza nos hace más felices que hacerlo en el frío concreto; y, en la persona, el interior es lo importante, no lo externo, que eso no vale nada.

Y que nadie ose hablar mal de nuestros símbolos: son sagrados. Consideramos nuestro Monumento a los Héroes de la Restauración, el más imponente del planeta; a las Águilas Cibaeñas, el equipo más excitante del béisbol en América; y resaltamos que Los Pepines es el barrio que más artistas ha parido y que nuestras mujeres son las más hermosas por dentro y por fuera.

Por esas y otras tantas razones, cada vez me siento más orgulloso de mi condición de santiaguero y de cibaeño, pues me hace sentir mejor dominicano y ciudadano de una patria hermosa, que vibra al compás del desarrollo y de fe en su presente y en su porvenir.