Los privilegios se reconocen y se agradecen. Hoy este escrito sí tiene destino: honrar su vida y agradecer el regalo que fue haber coincidido con usted.
Mi querido director, fue un verdadero privilegio haber sido guiada por usted; compartir, aprender y trabajar bajo un liderazgo tan humano, tan cercano, tan despojado de autoritarismo; tan sencillo y, al mismo tiempo, tan profundamente profesional. Su manera de dirigir no imponía: inspiraba. No exigía desde el temor, sino desde el ejemplo.
Nunca olvidaré nuestras conversaciones largas, llenas de análisis, de verdades y de risas que aligeraban cualquier carga. Fue un honor compartir con usted el set de entrevistas, aprender de su experiencia, fortalecer mi vocación con su confianza y encontrar ánimo en cada uno de sus consejos.
Gracias por creer en mí cuando quizás yo misma dudaba. Gracias por arrancarme una sonrisa cada vez que me decía “Cucusa”.
Gracias por su paciencia infinita y por escucharme con la ternura de un padre.
Caminar de su mano fue un privilegio que guardaré siempre en el corazón. Hoy duele su partida, pero consuela saber que dejó huellas profundas en quienes tuvimos la gracia de conocerle.
Que Dios lo acoja en su abrazo eterno y que todo lo que sembró con su humanidad y sabiduría florezca por siempre en la eternidad.
Como tantas veces le repetí, don Enmanuel: lo quiero mucho, siempre.
Mariela y López (la Cucusa, la Tiri).




