Por Eduardo M. Barrios, S.J.

En la Cuba de antes, las escuelas públicas ofrecían la asignatura de Moral y Cívica. En la República Dominicana han restablecido recientemente esa materia con la adición de “Ética ciudadana”.

Es un paso en buena dirección, pues los estudiantes necesitan que les inculquen valores humanos. Estas clases fomentan virtudes como justicia, honestidad, respeto, equidad, urbanidad y responsabilidad.

Enseñan cuáles son los derechos, pero mucho más los deberes. Crean entornos escolares que sean seguros, inclusivos y pacíficos, donde no haya discriminación, intolerancia y violencia.

Ayudan a analizar los problemas sociales y a proponer soluciones con sentido crítico. Recomiendan actividades que entrenen para vivir en democracia, tales como debates en los que

se escuchen opiniones diferentes a las propias.

No descuidan la educación ecológica para que aprendan a amar y cuidar del medio ambiente, incluyendo la limpieza de calles, playas y parques. Todo eso está muy bien, pero no basta conocer las virtudes para convertirse en virtuosos.

Esa materia escolar debe apelar también a la conciencia moral. Las escuelas públicas prefieren no darle fundamento religioso a la moralidad. De hecho no es estrictamente necesario tener fe religiosa para vivir honradamente, pues la voz de la conciencia resuena en el corazón de cada persona. Por eso dice San Pablo que los paganos pueden cumplir la ley gracias a la conciencia. “Esos tales muestran que tienen escritas en sus corazones la exigencia de la ley, contando con el testimonio de la conciencia…” (Rom 2, 15).

Sepan los estudiantes que si no cumplen con las obligaciones morales deben sentir remordimiento. La capacidad de sentirse culpable pertenece a la esencia misma de la estructura psicológica de los humanos. Un sentido sano de culpabilidad abre el camino hacia la reforma o progreso personal. 

Quienes actúan pésimamente sin sentirse culpables son verdaderos monstruos con apariencia humana. Pensemos en los genocidas, en los asesinos en serie y en toda clase de criminales que conocemos por la Historia antigua, reciente y presente.

Las ideologías, los intereses creados y los anti-valores que circulan por la sociedad producen la insensibilidad moral. 

Hay jóvenes que se comportan mal, y lo justifican con una especie de slogan que aceptan como un imperativo moral: “Todo el mundo lo hace”. Así dan por lícito, por ejemplo, el fraude en los exámenes.

Luego, ya de adultos, asumirán el mismo slogan para excusar toda clase de inmoralidades en la vida pública y privada. Afortunadamente, además de la conciencia, existe una revelación más explícita de la verdad moral como testimonian las Sagradas Escrituras. ¡Cuánto ayuda el Decálogo, los Diez Mandamientos, con la dimensión vertical hacia Dios y la horizontal hacia el prójimo! (Cfr. Ex. 20, 1-17). 

Después surgieron los escritos del Nuevo Testamento. Revelan la plenitud de la verdad moral mediante los discursos de Jesús, sus diálogos y parábolas. Muy aleccionadora resulta la parábola del fariseo y el publicano (Lc. 18, 9-14). La conciencia atrofiada del fariseo le impide ver sus pecados. Le hubiera venido bien recordar aquel salmo: “¿Quién conoce sus faltas? Absuélveme de lo que se me oculta” (Sal 19, 13). En cambio, el publicano se reconoció pecador, y volvió a su casa en gracia de Dios.

Quien por la fe y los sacramentos se incorpora al nuevo pueblo de Dios, experimenta que las exigencias morales se cumplen a gusto como quien lleva un “yugo llevadero y una carga ligera” (Mt 11,30). La vida de fidelidad cristiana lo llena de felicidad en el presente, y lo llenará de felicidad infinita al final de su peregrinación terrenal. “Ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha

manifestado lo que seremos; sabemos que cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es” (1 Jn. 3, 2).

ebarriossj@gmail.com