Jornada Mundial de Oración y Reflexión Contra la Trata de Personas

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UNA HERIDA GLOBAL

Desde Adoratrices, que acompañamos a mujeres en situación de prostitución, trata, violencia y exclusión, hacemos eco de esta realidad dolorosa que atraviesa al mundo entero. Lo hacemos desde el corazón de nuestro carisma de Adoración–Liberación: partiendo de nuestra experiencia con Jesús Eucaristía, de donde brota nuestra misión en la Iglesia.

La trata de personas, o esclavitud moderna, es privar a una persona de ser persona. Cuando hablamos de trata, no hablamos de cifras ni de conceptos abstractos, sino de mujeres y varones que dejan de ser mirados como personas para ser tratados como objetos, productos o servicios. Son despersonalizados, deshumanizados, profanados. En ese acto de profanación, su ser más profundo es herido y corrompido. Y muchas veces somos testigos silenciosos de esta violencia, permitiendo que personas de cualquier edad, raza, sexo, etnia, nacionalidad, estatus migratorio o clase social, en situación de vulnerabilidad, sean explotadas con fines de lucro.

En nuestra vida cotidiana encontramos diversas formas de trata de personas:
– trabajo forzoso
– explotación sexual
– trabajo infantil forzado
– servidumbre y servidumbre por deudas
– servidumbre doméstica
– niños y niñas soldados
– matrimonio infantil, precoz o forzado
– tráfico de órganos

Como Adoratrices, nuestra mirada se dirige de manera especial a las mujeres, tal como lo expresaba Santa María Micaela cuando afirmaba “estas mujeres no son miradas como prójimo en el mundo, nadie las protege y son tratadas con desprecio y dureza, miradas como la hez última de la sociedad, aun por los mismos que las han perdido y luego las condenan”. Y ella se preguntaba con hondura evangélica: ¿no habrá quien se compadezca de tal desgracia y les tienda la mano? Hoy, esa pregunta sigue interpelándonos con la misma fuerza a nosotras.

La experiencia vivida por Santa María Micaela en 1844, frente a la realidad de la trata y la explotación de mujeres, no pertenece sólo al pasado. Lamentablemente, en la actualidad esta realidad continúa existiendo en el mundo, con nuevos rostros y formas, pero con la misma herida profunda en la dignidad humana.

Como bautizados, hijos de Dios Padre, nos preguntamos: ¿cómo es que somos hijos tuyos? Si Tú eres Amor, ¿dónde queda en nosotros ese amor cuando permitimos, por acción u omisión, que algunos de tus hijos e hijas sean heridos en lo más profundo de su ser? La trata destruye a la persona, la despoja de su dignidad y de su identidad.

La Palabra de Dios nos confronta: “¿No saben que los injustos no heredarán el Reino de Dios?” (1 Cor 6,9). Y el Papa León XIV nos recuerda que “la explotación y la cosificación de las personas a través de la trata destruyen los cimientos de la paz y la justicia, y su erradicación es esencial para construir un mundo justo”.

Por eso, si somos bautizados y caminamos en una Iglesia sinodal, estamos llamados a vivir la santidad denunciando la trata y restaurando la vida. Podemos proclamar en oración y compromiso: “La paz comienza por la dignidad”. No habrá paz verdadera mientras esta herida global siga abierta.

Denunciar la trata no es solo un gesto valiente; es una consecuencia natural del Evangelio. Quien ha experimentado el amor de Dios no puede mirar hacia otro lado.

Denunciamos la trata porque toda persona tiene derecho a su dignidad y libertad. Porque la trata sigue ocurriendo hoy, aunque a veces no queramos verla. Porque ser cristianos nos impulsa a reparar el daño, devolver el nombre, la dignidad y la esperanza.

Esto es caminar, como bautizados, en sinodalidad, comprometidos con la dignidad humana y la santidad.

Adoratrices-Prenoviciado-Santiago de los Caballeros