nos toma de la mano en la Cuaresma
Bautismo y sinodalidad: una lucha del corazón hacia la santidad
La Cuaresma no es un tiempo triste ni una simple práctica de sacrificios externos. Es un tiempo de gracia. Es la oportunidad de volver a Dios con un corazón sincero. Es como cuando uno descubre que se ha ido alejando poco a poco y decide regresar a casa.
Este año, bajo el lema “Bautismo y sinodalidad, camino a la santidad”, el Beato Bronislao Markiewicz, fundador de los Miguelitas, nos ofrece una expresión clara para comprender estos cuarenta días: la Cuaresma es una “lucha incruenta”. No es una guerra contra otras personas. No es contra el vecino ni contra quien piensa diferente. Es una lucha interior. ¿Contra qué luchamos?
Contra el orgullo que no quiere pedir perdón. Contra la pereza que nos hace dejar la oración para después. Contra la lengua que hiere. Contra el corazón que se enfría. Muchas veces nos justificamos: “No es tan grave”, “Yo soy así”, “Otro día cambiaré”. Y sin darnos cuenta, nos acomodamos. Por eso la Cuaresma nos pregunta: ¿estás viviendo en la verdad?
Markiewicz construyó su espiritualidad sobre dos pilares: “¡Quién como Dios!” y “Templanza y trabajo.”
“¡Quién como Dios!” significa poner a Dios en el primer lugar. Antes que el dinero. Antes que el orgullo. Antes que tener la última palabra. Cuando Dios es primero, hay paz en el corazón y en la familia. Cuando no lo es, todo se desordena.
“Templanza y trabajo” no significa vivir limitados. La templanza es libertad interior. Es aprender a gobernarse para amar mejor. Y la Cuaresma nos ayuda precisamente a eso: a recuperar el dominio del corazón y a reavivar nuestra identidad como bautizados.
El trabajo, para Markiewicz, es integral y tiene tres dimensiones.
Trabajo espiritual: oración, confesión, Eucaristía, vida interior.
Trabajo intelectual: formarnos, educar la conciencia, conocer mejor nuestra fe.
Trabajo físico y de servicio: ayudar, cumplir con responsabilidad, servir en la casa y en la comunidad.
No basta rezar si no servimos. No basta servir si no oramos. La vida cristiana necesita equilibrio.
La Cuaresma también nos devuelve a nuestro Bautismo. No fue solo un recuerdo de la infancia. Fue el inicio de una misión. Ser bautizado es perdonar, comenzar de nuevo, levantarse cuando uno cae. Es vivir como hijo de Dios.
Y no caminamos solos. La sinodalidad nos recuerda que somos comunidad. Todos estamos en proceso. Cuando uno se desanima, otro lo anima. Cuando uno cae, otro lo levanta.
El Miércoles de Ceniza escuchamos: “Eres polvo”. No para asustarnos, sino para ubicarnos. El prestigio pasa. El dinero pasa. Lo que permanece es el amor vivido en Dios.
La Cuaresma no termina en sacrificio. Termina en la Pascua. En la alegría de un corazón renovado.
El Beato Bronislao Markiewicz nos invita a entrar en esta lucha incruenta con humildad y constancia. Porque la verdadera victoria no es vencer a otros, sino ordenar el corazón para amar mejor. Y cuando Dios ocupa el primer lugar, todo encuentra su lugar.




