Miércoles de Ceniza: De la Biblia al corazón cristiano
Cada año hacemos lo mismo, nos ponemos en fila, bajamos la cabeza. Y escuchamos la frase que ya sabemos de memoria: “Conviértete y cree en el Evangelio”. O “Recuerda que eres polvo y al polvo volverás.” Y uno pensaría que eso es un gesto sencillo. Casi automático. Pero ese polvito gris que parece nada… tiene más Biblia encima que muchos sermones. Mucho antes del cristianismo, la ceniza ya hablaba. Y hablaba duro.
Era el idioma del que necesitaba volver a Dios. En el Antiguo Testamento, cuando alguien se daba cuenta de su pecado, no hacía discursos. Se vestía de saco y se echaba ceniza encima. Lo hizo Job, cuando entendió su pequeñez delante de Dios (Job 42,6). Lo hizo el rey de Nínive, cuando escuchó a Jonás y supo que tenía que cambiar (Jon 3,6). La ceniza no era teatro. Era una forma visible de decir: yo necesito cambiar.
Los primeros cristianos no inventaron nada, hicieron lo mismo. En los primeros siglos, quienes habían cometido pecados graves empezaban la Cuaresma cubriéndose de ceniza. Era la señal de que iniciaban un camino público de penitencia, un camino de regreso.
Pero con el tiempo, la Iglesia entendió algo que nos incluye a todos: no solo algunos necesitan conversión, sino todos. Y hacia el siglo XI, ese gesto dejó de ser para unos pocos y pasó a ser para todos los fieles. Así nació lo que hoy conocemos como el Miércoles de Ceniza: la puerta de entrada a la Cuaresma.
Y aquí viene un detalle que casi nadie sabe, la ceniza que se impone ese día sale de quemar los ramos benditos del Domingo de Ramos del año anterior.
Es decir: lo que un día fue signo de gloria, ahora se convierte en signo de humildad. Sin decir una sola palabra, la Iglesia nos da una catequesis completa en la frente: La ceniza no es superstición. No es amuleto. No es una tradición folclórica. Es un sacramental. Un signo pequeño que prepara el corazón para algo grande: la conversión real.
Por eso no se trata de “ir a ponerse la ceniza”. Se trata de entender lo que significa. Es polvo que nos recuerda algunas cosas que pesan más que cualquier piedra: que somos frágiles, que necesitamos a Dios, y que siempre estamos a tiempo de volver.
Hasta un próximo encuentro,
Desde el Monasterio



