“Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.” (Mt 5,20)
En el Sermón de la Montaña, Jesús nos invita a ir más allá de una fe reducida a normas externas. No rechaza la Ley, pero la lleva a su plenitud, recordándonos que lo esencial no está solo en cumplir, sino en amar desde el corazón. La justicia que Él propone no se mide por apariencias, sino por la coherencia interior.
Jesús nos muestra que la verdadera fidelidad a Dios comienza dentro. No basta con evitar el mal; es necesario revisar las intenciones, los pensamientos y las actitudes. El Evangelio nos desafía a purificar el corazón, a sanar las raíces del rencor, del orgullo y de la indiferencia, para que nuestra vida refleje realmente el amor de Dios.
Esta enseñanza toca nuestra vida diaria. En la familia, en el trabajo y en la comunidad, podemos cumplir normas y, aun así, vivir sin misericordia. Jesús nos llama a una conversión más profunda: pasar de una obediencia fría a una relación viva con Dios, donde la ley se convierte en camino de libertad y de amor.
El Tiempo Ordinario nos recuerda que esta vivencia no ocurre de un día para otro. Es un proceso paciente, sostenido por la gracia. Cada vez que elegimos el perdón en lugar del rencor, la verdad en lugar de la mentira y el bien del otro por encima del propio interés, la ley de Dios se cumple en nosotros.
Pidamos al Señor un corazón sincero y dócil. Que su Palabra transforme nuestras intenciones y nos enseñe a vivir una fe auténtica, donde el amor sea la medida de todo. Allí donde el corazón se deja guiar por Dios, la vida se vuelve más justa y más plena.
Ánimo.
Ysis Estrella Román.




