Emigrantes: dignidad sin fronteras

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Padre Zacarías Castro Restituyo 

Sacerdote de San Francisco de Macorís

Las discusiones sobre las políticas migratorias ocupan hoy un lugar central en la opinión pública. Declaraciones oficiales, reclamos de organizaciones sociales y pronunciamientos del Papa León XIV, obispos y defensores de los derechos humanos coinciden en un punto sensible: la situación de miles de personas cuya dignidad se ve vulnerada simplemente por su condición de migrantes.

Detrás de cada número hay un rostro, una familia, una historia marcada por el sacrificio y la esperanza. La búsqueda de trabajo, seguridad o un futuro mejor no convierte a nadie en menos humano. Sin embargo, con frecuencia el trato que reciben muchos migrantes parece olvidar esta verdad elemental.

La Doctrina Social de la Iglesia insiste en que la persona humana es el centro de toda organización política y social. Creada a imagen de Dios, posee derechos que ningún Estado puede ignorar ni relativizar. Cuando se humilla, discrimina o abandona al emigrante, se hiere un principio fundamental que sostiene la convivencia entre los pueblos.

El Evangelio es aún más contundente. Jesús se identifica con el forastero y eleva la acogida al rango de criterio definitivo: “Fui extranjero y me recibiste”. No es un consejo opcional; es una medida de autenticidad cristiana. Defender al migrante, por tanto, no responde a una ideología, sino a la fidelidad a Cristo.

Esto no elimina el derecho de las naciones a organizar sus fronteras, pero recuerda que su finalidad es el bienestar de las personas. Las fronteras no deberían transformarse en muros que oprimen y excluyen, sino en espacios de encuentro, cooperación e intercambio cultural. Cuando se convierten en instrumentos de rechazo sistemático, pierden su sentido humano.

Urge, además, una formación de la conciencia ciudadana que ayude a superar el miedo y los prejuicios. El migrante no es una amenaza; es portador de valores, capacidades y riqueza cultural. La historia demuestra que las sociedades crecen cuando saben integrar, no cuando levantan barreras.

Promover políticas justas, garantizar el respeto a los derechos fundamentales y generar condiciones reales de acogida e integración es una responsabilidad compartida. Gobiernos, instituciones, comunidades religiosas y ciudadanos estamos llamados a construir una cultura donde nadie sea descartado.

Hablar del bienestar de los emigrantes es hablar, en definitiva, del tipo de humanidad que queremos ser. La Doctrina Social de la Iglesia propone un camino claro: pasar de la indiferencia a la solidaridad, del temor a la fraternidad, del rechazo al encuentro. Solo así nuestras naciones podrán reflejar el rostro compasivo y justo que el mundo necesita.