El mejor “te quiero” no se escribe en una tarjeta… se escribe en el corazón del otro con palabras que le acerquen al Cielo.

Por ahí viene ya el 14 de febrero y el mundo se divide en dos bandos: los que buscan flores a última hora, y los que suben frases de amor a las redes. Y en medio de globos rojos, chocolates y promociones “2×1”, la Iglesia celebra algo que casi nadie nota: a los santos Cirilo y Metodio.

Sí, existieron, no me los acabo de inventar. Tampoco son marca de perfume ni dúo musical. Son dos hermanos misioneros del siglo IX que hicieron algo revolucionario: tradujeron la fe al idioma del pueblo. Inventaron un alfabeto (el glagolítico, base del cirílico), tradujeron la Biblia y la liturgia al eslavo, y demostraron que el Evangelio no se impone… se comunica. 

Mientras medio planeta habla de amor romántico, la Iglesia recuerda a dos hombres que entendieron el amor de otra manera: amar es hacer que el otro entienda la Palabra de Dios en su propia lengua.

Y ojo, no es que San Valentín sea un invento comercial. Fue un mártir real, un sacerdote que, según la tradición, casaba cristianos en secreto, cuando estaba prohibido. Puro Amor valiente, pero con el tiempo, el calendario cultural, consumista y permisivo lo transformó en tarjetas postales con corazones de arenilla, enviar costosos ramos de rosas “príncipes negros”, y en “llevar a cenar a una el 13 y la oficial el 14”. 

Entonces el contraste es buenísimo. Por un lado, flores que se marchitan en tres días. Por el otro, un alfabeto que todavía usan millones de personas.

Por un lado, frases de “te amo” en letras doradas. Por el otro, la Palabra eterna traducida para que todos puedan escucharla.

San Valentín nos recuerda que el amor vale la pena. Cirilo y Metodio nos recuerdan que el amor se transmite. Y tal vez ahí está la enseñanza escondida del 14 de febrero: el amor cristiano no se queda en emoción bonita; se vuelve misión, servicio, puente entre Dios y la gente.

Así que este año puedes regalar flores, claro que sí. Pero también puedes hacer algo más duradero: hablar del amor de Dios en el idioma que el otro entiende.

Porque al final, el mejor “te quiero” no se escribe en una tarjeta… se escribe en el corazón del otro con palabras que le acerquen al Cielo.

Hasta un próximo encuentro

Desde el Monasterio.