La amistad que prospera

0
6

Fiordaliza Nuñez

Directora de la Escuela de Derecho UCATECI

En tiempos marcados por la ligereza, lo rápido y lo efímero, la amistad que prospera se convierte en un acto profundamente espiritual. No es aquella que se sostiene solo en la cercanía constante o en la conveniencia, sino la que nace del respeto, la empatía y la autenticidad del encuentro humano.

La Escritura lo expresa con sencillez y hondura: “En todo tiempo ama el amigo, y es como un hermano en tiempo de angustia” (Proverbios 17,17). Esta afirmación revela que la verdadera amistad no depende de circunstancias favorables, sino que se prueba y se fortalece especialmente en los momentos de dificultad, cuando el acompañamiento se vuelve presencia fiel y silenciosa.

Una amistad auténtica reconoce al otro como un igual, con su historia, sus heridas y sus esperanzas. Desde esa mirada, el vínculo deja de ser posesión y se transforma en acompañamiento. Escuchar con atención, estar presente sin invadir y ofrecer apoyo sin condiciones, son gestos sencillos que, sin embargo, revelan una profunda riqueza interior.

En el plano personal, la amistad que florece nos invita a crecer. Nos confronta con nuestras propias limitaciones, nos enseña a perdonar y a pedir perdón, y nos recuerda que el camino de la vida no se recorre en soledad. Desde una dimensión espiritual, estos lazos se convierten en espacios donde el amor se vuelve acción concreta y cotidiana.

La amistad que prospera no depende del tiempo compartido, sino de la calidad del encuentro. Se fortalece en la honestidad, se sostiene en la confianza y se renueva en el compromiso de cuidarse mutuamente. En medio de la rapidez de los tiempos, la amistad que perdura es refugio y un gesto silencioso de esperanza.