De un Niño en brazos a una vida entregada
02 de febrero, una fecha discreta en el calendario, no es Solemnidad, no tiene procesiones multitudinarias, y muchos apenas recuerdan que “es día de velas”. Pero la Iglesia celebra aquí una de las fiestas más profundas del año: la Presentación del Señor.
Cuarenta días después de Navidad, María y José llevan a Jesús al Templo, como mandaba la Ley. Un gesto sencillo, familiar, obediente. Pero en ese acto humilde sucede algo enorme: Dios entra oficialmente en su Casa. Simeón lo entiende al instante. Toma al Niño en brazos y suelta una frase que todavía hoy se reza cada noche en los monasterios:
Luz para iluminar a las naciones.
Ahí está la clave de esta fiesta. Por eso antiguamente se conocía como la Candelaria. Las velas en la Iglesia no son adornos: simbolizan a Cristo, Luz que entra en el mundo sin hacer ruido.
Esta celebración, con el tiempo, fue tomando un matiz muy especial. La Iglesia empezó a ver en ese gesto de María y José —ofrecer a su Hijo a Dios— una imagen preciosa de quienes entregan su vida completamente al Señor. Y por eso, San Juan Pablo II instituyó este día como la Jornada Mundial de la Vida Consagrada.
Porque la vida consagrada es eso: una presentación continua. Hombres y mujeres que, como Jesús en el Templo, dicen con su vida: Aquí estoy, para hacer tu voluntad.
Lo hermoso es que esta fiesta ha ido evolucionando sin perder su centro. Empezó siendo memoria del cumplimiento de la Ley, luego fue reconocida como manifestación de Cristo Luz, y hoy también nos recuerda que todavía hay personas que se ofrecen enteras a Dios en medio del mundo.
Un Niño en brazos.
Un anciano que reconoce la Luz.
Unas velas encendidas.
Y vidas que, siglos después, siguen diciendo lo mismo:
Dios vale la pena.
Hasta un próximo encuentro
Desde el Monasterio




