Padre William Arias
En el mundo de hoy hay una ideología, y es que debemos ser competitivos, ser los primeros, tenemos que estar, en palabras de calle: “Alante… alante”. Lo que hacemos es por aventajar al otro, e incluso hasta para hacer que fracase, pues lo importante es lo mío, y si para eso hay que pasar por encima del otro, se hace. Humillarle, verle morder el polvo, tenemos que hacer historia. Mi actuar debe inscribirse en la historia de tal institución o sociedad, tiene que aparecer en las redes, en todas partes, si no, no vale, no cuenta, por eso hay que competir, es el eslogan de hoy, parece como si estuviésemos en una especie de carrera que no termina, que nos agota a nosotros y a los demás, hasta casi hacernos desfallecer.
Con esto no queremos decir que las cosas no se hagan bien, todo debe de ser bien hecho y de provecho, pero el asunto está en las finalidades, en los valores que se buscan y sostienen nuestro quehacer. Cuando solo trabajamos para ser competitivos y no efectivos en lo que perseguimos y de ayuda para los demás, no es sano, no es humano y menos cristiano.
Lo que hacemos debe ser en bien del otro y nuestro, y por nosotros solos no podemos, necesitamos de los demás, de su colaboración, y así las cosas redundan en un mayor bien para lo que perseguimos y queremos. Por eso, ante el espíritu competitivo de hoy, amerita asumir la actitud de colaborar de unos y otros, de complementarnos y de poder hacer una especie de sinergia, entre todos, para la solución de tantos males que nos circundan.
Esa competitividad en el orden espiritual, es muy contraria a uno de los valores más significativos de la fe, que el mismo Jesucristo puso en práctica, que es: la humildad. Cuesta en el mundo orgulloso de hoy, vivir en base a esta actitud, pues la soberbia campea por todos lados, y así detrás de ese espíritu competitivo de hoy hay hombres y mujeres soberbios, su ejercicio y preocupación competitiva no es más que soberbia disfrazada, incluso, hasta en ambientes donde no nos los esperamos, como el de la fe o de la misma Iglesia. Estamos llamados a ser humildes de corazón, aceptar al otro como es, verle como mi hermano, no como un contrincante con el cual debo luchar hasta derrotarle.
Hoy día, los propugnadores de la tal competencia mundana, ven en la humildad elementos de complejo de inferioridad, conformismo, incapacidad de lucha y hasta de trabajo, no lo que ella encierra así, como lugar y actitud para poder hacer allí experiencia de encuentro con Dios y con los demás, para verlos y sentirlos como hermanos, no como competidores en una carrera sin sentido y que a larga a pocos importará, tal vez a ninguno.
Mons. Rafael Felipe, el querido Fello, recién fallecido, nos decía una vez que: ser cristiano es ir contra corriente, que lo lógico es que el río baje de la montaña al valle, nosotros los creyentes somos lo contrario, un río que asciende, que sube del valle a la montaña.
Cuesta mantener este criterio en el mundo de hoy, parecería imposible, pues como vivimos en un mundo de sobrevivientes, sobrevivir a una realidad contraria a la competencia parece imposible, pues da la impresión de que esta es la dinámica de la vida, de que así es que tenemos y debemos vivir: compitiendo unos con otros, es una realidad que enferma y hasta mata.
Las competencias solo son buenas para los deportes y ya, la vida del hombre es otra cosa, es un viaje en colaboración de unos y otros, en espíritu de humildad junto a Dios, no en un espíritu de simple competencia.




