Bronislao Markiewicz, un mensaje actual para la juventud en crisis

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Padre Jimmy Drabczak

Entre finales de enero y comienzos de febrero, la Iglesia propone una secuencia de fechas que invitan a reflexionar sobre la juventud y la vida consagrada. 

El 30 de enero se recuerda al beato Bronislao Markiewicz, el 31 de enero a San Juan Bosco, y el 2 de febrero se celebra la Jornada Mundial de la Vida Consagrada. No se trata de simples coincidencias del calendario, sino de un llamado a mirar con seriedad el mundo juvenil, sus heridas y sus esperanzas.

Bronislao Markiewicz fue un sacerdote profundamente marcado por la realidad de los jóvenes pobres. No trabajó con jóvenes ideales ni con situaciones fáciles. Su misión se desarrolló en un contexto de extrema pobreza, abandono familiar, alcoholismo y falta de oportunidades. Precisamente por eso, su figura sigue siendo hoy un referente creíble para la juventud en crisis, especialmente para aquellos jóvenes que se sienten descartados o sin futuro.

Su propia vida no estuvo libre de dificultades. En su juventud atravesó una crisis de fe, provocada por corrientes intelectuales que ponían en duda la existencia de Dios. Él mismo describió esa etapa como, estar “al borde del abismo”. Sin embargo, no abandonó la oración. Perseveró incluso cuando las dudas lo superaban. Esta experiencia personal lo ayudó a comprender a tantos jóvenes que buscan sentido y no encuentran respuestas fáciles.

Más adelante, siendo ya sacerdote diocesano, reconocido por su capacidad pastoral, vivió una crisis vocacional. Sentía que Dios le pedía algo más. En ese camino conoció el carisma salesiano y se unió a los Salesianos, formándose en el espíritu educativo de Don Bosco. Fue el primer salesiano en Polonia, quien trató de adaptar ese carisma salesiano a la dura realidad social de su país.

Al regresar, se dedicó por completo a los jóvenes abandonados. Para él, educar no era sólo transmitir conocimientos, sino devolver la dignidad y la esperanza. Su propuesta era clara y exigente: formación religiosa, trabajo responsable y una vida sobria. No prometía soluciones mágicas, sino un camino que ayudara a los jóvenes a reconstruir su vida paso a paso.

Con el tiempo, su obra tomó un rumbo propio y dio origen a una nueva experiencia comunitaria, que más tarde se convertiría en la Congregación de San Miguel Arcángel. Este proceso no fue sencillo. Markiewicz vivió incomprensiones, críticas y decisiones eclesiales que pusieron a prueba su misión. Fue una auténtica crisis de sentido, en la que tuvo que aprender a confiar más en Dios que en sus propios planes.

Su respuesta fue la obediencia y la humildad. No abandonó a los jóvenes, pero aceptó que la obra no le pertenecía. Entendió que cuando una misión es auténtica, sobrevive incluso a la debilidad humana.

Hoy, cuando la Iglesia y la sociedad constatan que muchos jóvenes viven desorientados, sin referencias estables y con miedo al compromiso, la figura de Bronislao Markiewicz resulta especialmente actual. El Vaticano ha insistido en que los jóvenes no necesitan sólo discursos, sino testigos creíbles, personas que caminen con ellos y crean en su potencial.En la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, su testimonio recuerda que consagrarse no es huir del mundo, sino apostar por las personas más frágiles, incluso cuando no hay resultados inmediatos. Markiewicz creyó en los jóvenes cuando nadie más lo hacía. Y por eso su vida sigue siendo hoy una palabra de esperanza: ningún joven está definitivamente perdido cuando alguien está dispuesto a acompañarlo con fe, paciencia y amor.