El amor de los serafines y el misterio del mal

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Padre Jimmy Drabczak

Desde hace siglos, el ser humano se pregunta qué es realmente el mal. Algunos lo definen como ausencia del bien: el mal aparece cuando el bien no se realiza. Otros sostienen que el mal manifiesta una cierta inteligencia, lo que lleva a pensar que debe existir algún ser racional capaz de elegirlo libremente. La enseñanza de la Iglesia afirma que el mal está vinculado a las criaturas inteligentes, es decir, a seres dotados de libertad y responsabilidad moral.

En este horizonte aparecen los serafines, los ángeles más cercanos a Dios. La Sagrada Escritura los describe como aquellos que arden en amor y proclaman sin cesar: «Santo, Santo, Santo». Los serafines viven completamente orientados a Dios y no conocen el mal por experiencia. Su libertad permanece fijada en el bien. En ellos contemplamos la forma más pura de amor obediente, un contraste luminoso frente a toda rebelión.

En este mismo contexto se sitúa la reflexión sobre Satanás. El papa Pablo VI subrayó la necesidad de tratar este tema con seriedad, no desde el miedo ni la fantasía, sino desde la fe. Sin embargo, más importante que preguntarnos qué es el mal, es responder a una cuestión decisiva: cómo mira Dios el mal y qué consecuencias tiene cuando el hombre lo realiza.

En el paraíso, Satanás tentó a Adán y Eva con una promesa engañosa: «Serán como dioses, conocedores del bien y del mal» (Gn 3,5). Aquí se manifiesta la astucia maliciosa del tentador. A primera vista, conocer el bien y el mal como Dios podría parecer algo positivo. Pero el engaño consiste en ocultar que Dios y el hombre no conocen el mal del mismo modo.

Dios no experimenta el mal. Para Él, el mal es un trastorno, una carencia, una exclusión del bien. El mal no tiene acceso a Dios, porque Dios es el Bien absoluto. Los serafines participan de esta visión: contemplan a Dios, viven en su presencia y arden en amor continuo, sin sombra de ruptura ni de desobediencia.

El ser humano, en cambio, conoce el mal por experiencia. El pecado deja huellas profundas, hiere la conciencia y puede destruir interiormente a la persona. Cuando el mal es vivido, se manifiesta en sufrimiento, tristeza y división interior. Por eso, el mal no es una idea abstracta, sino una realidad concreta que amenaza el camino de salvación. Al cometerlo, el ser humano asume responsabilidad por pensamientos, palabras, obras y omisiones.

Ante esta realidad, la Iglesia invita a redescubrir el sentido del exorcismo introducido por el papa León XIII, una oración que señala dos características fundamentales del mal.

La primera es la malicia: una maldad radical marcada por la soberbia y la desobediencia. Las palabras atribuidas a Lucifer, «No serviré», expresan una ruptura consciente y definitiva, opuesta al amor ardiente de los serafines, cuya existencia entera es servicio y alabanza.

La segunda es la actuación por sorpresa, basada en la astucia y la mentira. Así como un ataque inesperado busca desorientar a quien está en marcha, el mal intenta detener el peregrinar de la Iglesia y de cada creyente hacia el Reino de los Cielos.

Por eso, rezar con fe la oración del papa León XIII es un acto de vigilancia espiritual. Ella ayuda a resistir la malicia y las emboscadas del enemigo, y recuerda que el amor fiel y ardiente, como el de los serafines, es siempre más fuerte que el mal.