Ya pasó Navidad… pasaron los Reyes… ¿y ahora qué?

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Se acabó. Se guardaron las luces, el arbolito volvió a la caja, los Reyes pasaron —algunos con regalos, otros con las manos vacías— y la vida regresó a su ritmo normal: trabajo, tapones, cuentas. Nada de coros de ángeles, ni estrellas. Y entonces viene la pregunta honesta: ¿Y ahora qué?

Porque si la fe era solo emoción, ya se nos fue. Pero si la Navidad fue algo más que nostalgia y comedera, entonces ahora empieza lo serio. Jesús no vino para que lo miráramos bonito en un pesebre. Vino para quedarse. Y quedarse no es un evento; es una forma de vivir. El Evangelio no se guarda con las luces, se vive en lo ordinario: en el trabajo, en la familia, en el cansancio, en el perdón que cuesta.

Después de la Epifanía, el Niño deja de ser solo Niño y empieza el camino. No hay magia, hay proceso, y eso desconcierta, porque nos gusta más la fiesta que la constancia. Pero ahí está el punto: Dios no se fue cuando se acabaron las fiestas, nosotros somos los que a veces nos vamos.

Ahora toca lo que no sale en las postales, ni en las películas de temporada: seguir creyendo sin coros angelicales, amar sin esperar regalos, rezar sin emoción, servir cuando nadie nos ve.

Es el tiempo de dejar que Cristo crezca, no solo en diciembre, sino en enero, febrero… y aún más cuando el año aprieta. La estrella ya no está en el cielo; ahora está en la conciencia.

Los Reyes ya no traen regalos; ahora traen una pregunta: ¿Qué vas a hacer con lo que recibiste?

Porque la fe madura no vive de fechas, sino de fidelidad, y quizás ahí empieza la verdadera Navidad: cuando todo vuelve a la normalidad y tú decides no volver a ser el mismo.

Hasta un próximo encuentro

Desde el Monasterio.