Octavario de Oración por la Unión de los Cristianos

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por Eduardo M. Barrios, S.J.

Cada año se elevan plegarias por el movimiento ecuménico del 18 al 25 de Enero. A esa campaña de oración se unen todas las iglesias del Consejo Mundial de Iglesias al que pertenecen muchas iglesias tanto del Oriente como de Occidente, incluyendo, por supuesto, a la Iglesia Católica.

No se trata de algo reciente. Esa octava de preces comenzó en 1908 por iniciativa de Paul Watson, co-fundador de los Frailes Franciscanos de Graymoor o de la Expiación. En el año 2008 se celebró solemnemente el centenario de tan loable iniciativa.

Se escogió el 18 de enero, porque en el calendario romano es el día de la Cátedra de San Pedro, y en el Anglicano, Día de la Confesión de San Pedro. Y concluye el día 25, fiesta de La Conversión del Apóstol San Pablo.

Hubo un sacerdote francés, Padre Paul Couturier, conocido como “el padre espiritual del ecumenismo”, que formuló el octavario diciendo: Por la unión de la Iglesia como Cristo quiere, y de acuerdo con los medios que Él quiera.

A cada año la Santa Sede le aporta un lema especial. El del pasado año 2025 fue “¿Crees esto?”, tomado del diálogo de Jesús con Marta en Juan 11,26. Y el del presente año 2026 es Uno solo es el cuerpo y uno solo el Espíritu, como una es la esperanza a la que habéis sido llamados (Ef. 4,4).

En tiempos no muy lejanos el Papa Juan XXIII dio impulso no sólo a los esfuerzos por la unión de los cristianos, sino también al del acercamiento entre las religiones. Fue él quien dispuso que de las oraciones del Viernes Santo se eliminase la petición “oremos por los pérfidos judíos”.

El Concilio Vaticano II, convocado por ese Papa, emitió una declaración sobre las religiones no cristianas, titulada “Nostra Aetate”. El número tres del texto se refiere al Islam en términos respetuosos resaltando sus valores religiosos. El siguiente número explica lo mucho que el Cristianismo le debe al antiguo pueblo de Dios, el judío.

Sobre el Ecumenismo, el último Concilio promulgó el decreto “Unitatis Redintegratio” con la finalidad de promover la restauración de la unidad entre todos los cristianos.

Para implementar el decreto, el Papa Juan XXIII y sus inmediatos sucesores contaron con la valiosa ayuda de un eminente jesuita alemán, Padre Agustín Bea. Muy joven había sido superior provincial en Alemania. De ahí pasó a Roma donde estudió Sagrada Escritura, en el Pontificio Instituto Bíblico, del que luego llegó a ser rector durante diecinueve años. No es secreto que el Padre Bea fue confesor del Papa Pío XII por trece años. Asesoró al Papa Pío en la redacción de la encíclica “Divino Afflante Spiritu”, sobre el estudio riguroso de las Sagradas Escrituras.

Juan XXIII dijo que para él fue una gran bendición conocer al Padre Bea y ponerlo al servicio de la causa ecuménica. Prueba de ese aprecio fue que lo ordenó de obispo y lo creó cardenal. Tuvo mucho protagonismo en la redacción de varios documentos del Concilio Ecuménico. Se opuso al  Cardenal Alfredo Ottaviani para que el Concilio aceptase un nuevo borrador sobre la Divina Revelación; ese borrador se convirtió en la Constitución Dogmática “Dei Verbum”.

El ya cardenal Bea se movió incansablemente entre los cristianos de diferentes denominaciones, para examinar las posibilidades de acuerdos doctrinales, o por lo menos para colaborar juntos en toda causa noble a favor de la justicia, de la caridad y de la paz.

Queda mucho por hacer y orar para que se cumpla la petición del mismo Jesús durante la Última Cena: “Ruego que todos sean uno como tú Padre en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 22-23).

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