Padre Jimmy Drabczak

Dicen que en Navidad el mundo se vuelve más humano: la gente se saluda, se desea paz, recuerda a los suyos, sonríe… Y por eso, cuando termina, muchos sienten su ausencia.

Sin embargo, la duración verdadera de la Navidad no la decide el calendario, sino el corazón. Depende de si solo miramos el pesebre desde fuera, por unos días, o si nos atrevemos a convertirnos nosotros mismos en pesebre para Jesús.

Cuando María y José caminaban por Belén, buscando posada, seguramente hubo puertas que se entreabrieron. Quizá alguien les ofreció un poco de pan o de agua… pero sin dejarlos entrar. No querían complicaciones ni alterar su orden de vida. Tenían su tiempo, su seguridad, su calor; tal vez esperaban huéspedes más importantes.

También hoy puede sucedernos lo mismo. Miramos a Jesús desde la puerta entreabierta. Le dedicamos una oración rápida, un gesto piadoso, una limosna. Pero no le permitimos cruzar el umbral de nuestra vida. Porque están “mis planes”, “mi orden”, “mis prioridades”.

Y aquí aparece el corazón del Evangelio: Jesús no nació en un lugar perfecto, sino en un establo. Y precisamente por eso, Dios lo eligió. Porque Él entra donde encuentra puertas abiertas de par en par, no solo en las entreabiertas.

En esta historia discreta y humilde aparecen también los ángeles. No ocupan el centro, no se imponen, no sustituyen a nadie. Los ángeles anuncian, despiertan, orientan. Indican el camino y luego se retiran. Así actúan con María, con José y con los pastores. Nos recuerdan que el cielo no está lejos y que Dios acompaña el camino humano, incluso cuando parece oscuro.

Todo este camino de la Navidad encuentra su culminación en el Bautismo del Señor. Jesús, que fue acogido en un establo, ahora desciende a las aguas del Jordán. Se pone en la fila de los pecadores. No porque lo necesite, sino porque quiere solidarizarse plenamente con nuestra condición humana. Y allí sucede algo decisivo: el cielo se abre, el Espíritu desciende y el Padre pronuncia una palabra que sostiene toda la vida cristiana: «Tú eres mi Hijo amado».

El Bautismo del Señor nos revela quién es Dios y quiénes somos nosotros. Dios es Padre. Y nosotros, por el Bautismo, somos hijos amados: no invitados ocasionales, no creyentes de temporada. Somos parte de la casa.

Por el Bautismo, cada uno de nosotros se convierte en morada de Dios y en camino abierto para que Él actúe en el mundo. No somos huérfanos. Caminamos bajo su mirada y con la ayuda del cielo.

La Epifanía nos recuerda además, que nadie llega solo a Dios. Los pastores llegan juntos. Los Magos caminan juntos. Y aquí se revela la sinodalidad: caminar como pueblo bautizado, leer juntos los signos, dejarnos orientar y corregir el rumbo cuando hace falta. La Iglesia no es un grupo de creyentes aislados, sino un pueblo en camino, acompañado por la gracia de Dios y sostenido por el cielo.

En la noche de Belén –y a la luz del Jordán– se descubre la verdad: quién es realmente rico y quién es pobre, quién vive en un verdadero palacio y quién solo en un refugio dorado.

Señor Jesús, nacido en Belén y bautizado en el Jordán:
por el Bautismo nos has hecho hijos y morada tuya.
Enséñanos a caminar juntos, en sinodalidad,
a escuchar los signos y la voz del Padre.
Haz de nuestra vida una casa abierta y humilde,
donde Tú sigas revelándote al mundo.