Elsa Brito contra Trujillo

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«¿Cuál es el episodio que más admiras de tu madre?», me preguntaron el día de la celebración de los 90 años de Elsa Brito. Respondí sin dudar: la vez que enfrentó a Trujillo. Gracias a su valentía y ejemplo, mis hermanos y yo estamos vivos;  el sátrapa fue ajusticiado poco tiempo después.

Como había varias personas escuchando, me pidieron que ofreciera más detalles. Les conté que el 25 de enero de 1960 se publicó la Carta Pastoral de la Conferencia del Episcopado Dominicano, en la que fustigaba a Trujillo. Para entonces, mi madre, ferviente católica, vivió momentos de terror. Esa experiencia la narra en su libro Velada a la vida. Como lo tenía en mi celular, les leí un fragmento.

“Elsa, te buscan, requieren de tu persona…”. Eran de mi pueblo de Tamboril, representaban al gobierno municipal y al partido oficialista, me informaron que las autoridades me habían elegido para tener un turno en el mitin que se realizaría en mi pueblo como protesta a la Iglesia Católica.

Fue un diálogo triste y cortante. ¿Cómo se atreven? Ustedes saben mi responsabilidad apostólica; soy parte de la Hermandad de las Hijas de María y además, presido la Legión de María del sector juvenil… sería una falsedad hablar de la Iglesia de la que formo parte…

Me llevaron a la casa del gobernador… fue una situación extremadamente difícil. Reiteradamente salían los nombres de monseñor Reilly y monseñor Panal. Hubo fuertes emociones…  ya estaba llorando. Parecía que ya estaba abatida, que las fuerzas se diluían en un corazón joven. Mi mano derecha se extendía, casi en forma de cruz, y con energía invisible categoricé: “No solo de pan vive el hombre, sino de la palabra que viene de Dios”. Mis acompañantes estaban asombrados por mi respuesta.

Llegamos a Tamboril. Mi madre, junto a personas muy allegadas, me esperaba. Hubo oración, llanto y grandes decisiones. Las Teresianas estaban aturdidas al comunicarles lo sucedido. Las religiosas del Perpetuo Socorro y otros grupos se agregaron a la cadena de oración; todos sabían que mi vida corría peligro. Al pasar por el parque, sentía las miradas, me observaban en silencio.

Cuando fui a la iglesia me dijo el Señor: “No temas, te he colocado en una urna de cristal, te protejo; las bolitas del árbol de laurel que caen, se sienten, pero no te tocan”. Se acordó que solo asistiera a comulgar; salió al encuentro el padre José María, virtuoso sacerdote pasionista. Al ofrecerme la Santa Hostia, recogí vivencias y repetía: “No solo de pan vive el hombre, sino de la palabra que viene de Dios”.

Todos quedaron impresionados y admiraron aún más a mi progenitora. Y yo, orgulloso.