Samuel Fernández
El ser humano vive hoy bajo una acumulación de presiones estructurales, sociales, políticas, religiosas, laborales y económicas que, progresivamente, erosionan su capacidad crítica y reflexiva. Esta situación termina produciendo apatía y desinterés frente a su realidad, generando una desconexión cada vez más profunda con los procesos sociales y comunitarios.
Vivimos un evidente desbordamiento de realidades que dificulta la armonía y el desarrollo integral de la vida humana. Basta observar el exceso de información —con frecuencia contradictoria— y la coexistencia de demandas sociales incompatibles entre sí. En este sentido, Zygmunt Bauman describe acertadamente nuestra época como una modernidad líquida, caracterizada por la inestabilidad constante, donde nada parece perdurar y donde el individuo se ve obligado a adaptarse de manera continua, para poder coexistir con una realidad cambiante y fragmentada.
Esta inestabilidad dificulta la construcción de criterios sólidos, pues todo se percibe como provisional, relativo o fuera de control. El resultado final es una fatiga cognitiva y moral que conduce inevitablemente a una disminución de la reflexión profunda y del análisis crítico.
Otro elemento fundamental en esta reflexión es el exceso de trabajo, el estrés y la precariedad laboral a los que están sometidos hombres y mujeres en la actualidad. Las jornadas extensas, la inseguridad laboral y la escasa valoración del trabajo por parte de muchas empresas –que ofrecen salarios insuficientes para un desarrollo digno– limitan seriamente las oportunidades reales de crecimiento personal y colectivo.
Esta realidad se manifiesta con especial crudeza en contextos como la República Dominicana, donde amplios sectores de la población enfrentan condiciones laborales que no permiten una vida plena ni compensaciones justas dentro de las políticas empresariales.
Como consecuencia, el tiempo destinado al ocio, la reflexión y la vida comunitaria se reduce de manera significativa. Estas experiencias, fundamentales para el desarrollo humano integral, han sido progresivamente arrancadas de la dinámica familiar y social.
Estas ideas pueden sustentarse con el pensamiento de Byung-Chul Han, quien afirma que el sujeto contemporáneo vive auto-explotado y permanentemente cansado. Se trata de un cansancio que no es solo físico, sino también mental y existencial. Sumergido en esta realidad, el ser humano termina agotado: no cuestiona, no participa, no desea reflexionar ni asumir una postura crítica, adoptando la indiferencia como un mecanismo de supervivencia psíquica.
De este modo, el individuo se distancia emocionalmente de la realidad para reducir la frustración y la ansiedad. Sin embargo, esta actitud conlleva graves riesgos: la normalización de la injusticia, la manipulación política y mediática, el debilitamiento de la democracia y el empobrecimiento del desarrollo integral, tanto personal como colectivo.
Ante este panorama, resulta imprescindible generar sinergias, como sociedad, que permitan recuperar el ejercicio de la reflexión crítica. Solo a través de una orientación ética compartida y de la construcción consciente de un proyecto de futuro, será posible impulsar una verdadera transformación social que coloque nuevamente a la persona en el centro del desarrollo humano.



