Miguel Ángel Fernández nació en Las Charcas, Santiago, el 5 de junio de 1934, siendo el decimosexto de diecinueve hermanos, hijo de Juan José Fernández y Mérida Ercilia Tavarez.
Desde temprana edad fue formado en los valores del trabajo honrado, la disciplina y la fe cristiana, principios que marcaron profundamente toda su vida.
De su padre aprendió la responsabilidad, el esfuerzo y la rectitud. De su madre heredó el rezo del Santo Rosario en familia, cimiento espiritual que sostuvo su caminar hasta el final de sus días.
En el año 1950 contrajo matrimonio con Ángela María Tavárez, con quien compartió cerca de 70 años de vida, formando un hogar cimentado en el amor, el sacrificio y la fe. Fruto de esta unión nacieron sus nueve hijos, quienes les regalaron 27 nietos y 22 bisnietos.
La vida familiar estuvo sostenida por el trabajo sencillo en la agricultura y la ganadería, vividos siempre con dignidad y esfuerzo.
En la década de los años setenta realizó el Cursillo de Cristiandad. Inició su camino como Animador de Asamblea y, tras su proceso de formación, fue ordenado Diácono Permanente, en el año 1986.
En la Iglesia encontró el lugar donde su vida alcanzó sentido y plenitud. Durante más de 30 años, ejerció el ministerio diaconal con humildad, alegría y entrega silenciosa, sirviendo sin buscar protagonismo, con un corazón siempre dispuesto.

Su labor pastoral estuvo profundamente vinculada a la Capilla Inmaculada Concepción, de Las Charcas, impulsando grupos apostólicos como el Apostolado de la Oración y la Legión de María. Colaboró fielmente en la celebración eucarística dominical en la Catedral Santiago Apóstol.
Por razones de salud, en el año 2015 solicitó su retiro formal del ministerio activo, aunque nunca se desligó de la vida comunitaria. Fue uno de los fundadores de la Cooperativa San Miguel. Apoyó al Club de Las Charcas y la creación de la Junta de Vecinos Juan José Batista.
Sus hijos, nietos y familiares lo reconocen como un hombre de corazón bueno, noble, íntegro y honesto, de pocas palabras y grandes ejemplos.
Don Miguel creía firmemente que la verdadera felicidad solo se encuentra en el Señor, y exhortaba a todos a buscarlo con un corazón sincero.
Su vida fue un testimonio silencioso de entrega, servicio y amor auténtico.




