Buscando dónde sentarse en la parada del Expreso de Santiago, fui a dar —en el extremo— con uno de los bancos de pino que allí había. Me acomodé, un poco de lado, en lo que llegaba el autobús. 

Al primer golpe de vista, me sorprendí con las dos torres blancas de la iglesia de la Altagracia, y me alegré con la coincidencia. Era precisamente el veintiuno de enero, día de su fiesta. El día estaba bastante nublado, y las torres —aun siendo blancas— apenas resplandecían, con el brillo especialmente tímido del sol cuando parece que teme salir. 

Frente a mí estaba la calle, cuajada de letreros anunciando wisky, llantas, helados, radios… Por sobre ellos, por detrás, por debajo, cruzaban los cables del tendido eléctrico. Después, se alzaba un bosque de antenas. Y al fondo, las torres, gemelas y blancas, y unos cuantos pinos. Por sobre los techos oscuros o rojos, yendo hacia las torres, pequeñas, distantes, volaban palomas. 

Pensé que lo mismo sucede con todos: enredos, marañas, techos y fachadas; frías apariencias, letreros y… nada. 

Y al fondo de todo, en lo más profundo, van las blancas torres, susurro de pino, suaves resplandores… Y aunque diminutas, fugaces, lejanas, aletean palomas.