Mi salsero preferido es el panameño Rubén Blades, Dentro de su extraordinario repertorio, la canción “Amor y control” sobresale. Su estribillo es preciso: “Cuanto control y cuanto amor tiene que haber en una casa/mucho control y mucho amor para enfrentar a la desgracia”. Es decir, cariño en el hogar, pero con reglas. 

El artista allí reflexiona: “Solo quien tiene hijos entiende que el deber de un padre no acaba jamás/Que el amor de padre y madre no se cansa de entregar/Que deseamos para ustedes lo que nunca hemos tenido/Que a pesar de los problemas familia es familia y cariño es cariño”.  Y así se dirige a los hijos: “Por más problemas que existan dentro en tu casa/ por más que creas que tu amor es causa perdida/ten la seguridad de que ellos te quieren/y que ese cariño dura toda la vida”.

“Amor y control”, dos palabras que a los padres modernos se nos dificulta armonizar, confundiéndonos en el intento, sin importar que actuemos de buena fe, pensando en el bienestar de nuestros niños y jóvenes, a quienes se nos complica en ocasiones entender, como de igual manera ellos a veces no nos comprenden.

Hasta hace dos o tres décadas, los abuelos, padres e hijos tenían parecidos gustos, no había desigualdad notable entre una generación y otra. Hoy no es así. Ahora en una casa pueden cohabitar varias generaciones con conductas distintas. Por ejemplo, el joven de 20 años razona diferente que su hermana de 15 años y la forma de ser de ambos se parece poco a la de sus hermanos menores. Cada vástago se convierte en único, con su propia agenda y valores. Para muchos progenitores resulta complicado asimilarlo.

Y nos preguntamos con frecuencia: ¿Apretamos o soltamos? ¿Cómo manejar la libertad para que no se transforme en libertinaje? ¿Cómo le digo que no me gustan ciertos amigos y amigas con los que está saliendo? ¿Hasta qué hora es prudente que esté en aquella fiesta? ¿Por qué le permito que escuche esa música tan rara, con letras indecentes?

Quizá lo que más nos preocupa es la delincuencia en las calles, que algo le ocurra a nuestros hijos y luego nosotros sentirnos culpables por no alertarlos a tiempo. Tocando el tema, a uno de mis retoños le expresé: “No debes de creer en cualquier extraño que aparezca, es arriesgado ser confianzudo, debes estar más alerta en tu cotidianidad, pues hasta en situaciones normales han surgido problemas serios de delincuencia”.

“Amor y control”, ahí está la clave como nos canta Blades. Lo lamentable es cuando en una casa no conviven ni el amor ni el control, pues en ese escenario el caso está irremediablemente perdido.

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