Adviento o el color de la esperanza

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Discurso pronunciado por Monseñor Dr. Fausto Ramón Mejía Vallejo, Obispo Diócesis de San Francisco de Macorís; Gran Canciller y Rector Universidad Católica Nordestana, el viernes 7 de diciembre, en el Acto de Exaltación a la Galería de los Valores UCNE, 2018.

 

Nuestro Teatro Universi­tario se vuelve a ves­tir de fies­ta. Es la ya esperada VI versión de nuestra Galería de los Valores. Lo más importante de este evento es que lo hemos unido a nuestra pri­mera prioridad de nuestra Plan Quinquenal de Pastoral que son Las Fami­lias. La ra­ón de priorizar las familias es para poder dar todo el esplendor que merece vivir.

Todos somos llamados a vivir, esa es la vocación pri­migenia de nuestro existir. Vivir en paz, en alegría y en felicidad. Si sabemos eso, entonces no podemos albergar en nuestros corazones nada que parezca un funeral, que dé la impresión que vivimos en un valle de lágrimas; por lo tanto, tenemos que re­cordar siempre a San Ireneo que nos dice que “la gloria de Dios es que el ser humano viva en plenitud”.

Eso no nos exonera para entender que no hay ningún “camelot” en esta tierra que no tenga problemas y dificultades, como tampoco hay una utopía que no conozca el sufrimiento. Pero sabemos bien que problemas, dificultades y sufrimientos son par­te importantes de la vida por­que nos ayudan a crecer, a madurar y a templar las cuerdas del diario vivir. Por si no lo recuerdan: Camelot es la fortaleza del rey Arturo don­de ganó muchas batallas que forjaron su carácter. Es el símbolo de lo que significa la lucha y el combate en pro de una victoria.

Y si estamos llamados a vivir, entonces tiene que preocuparnos que muchos mue­ren sin haber vivido, porque no tienen calidad de vida, ni acceso a la salud, ni a la educación de calidad, a tener un hogar digno y un trabajo esta­ble y una alimentación adecuada; y muchos otros que se creen que están vivos están muertos, porque no han en­contrado el sentido de su vida. Pero más preocupante aún, porque según concluyen los investigadores científicos, la mayoría de los seres hu­manos sólo desarrollamos el 10% de nuestra potencia­li­dad, es decir, de nuestra ca­pacidad para pensar, refle­xionar y comprender, para amar y para estar abiertos a las emociones y sentimientos; o para poder escuchar la música del mundo e inhalar la fragancia que nos proporciona el universo.

 

Y es justamente para re­mediar eso que la Iglesia, nuestra Iglesia como Madre y Maestra, nos regala este tiempo especial del Advien­to, que es el color de la espe­ranza y el preludio de un Sí que cambió el rumbo de la historia, que hizo posible que tenga­mos Navidad o presencia del Emmanuel en medio de noso­tros. Todo empezó con una palabra mágica (kái­re Virgo Maria), dirían los padres griegos y latinos), “alégrate doncella de Naza­ret, porque el Señor está contigo”; y ­siglos después el fa­moso músico Franz Schu­bert, convertiría ese saludo en una de las piezas clásicas musicales más utilizadas, en especial, en las distintas bo­das que van rumbo del altar.

Es que Adviento es la uto­pía germinal que motiva a soñar y a tener fuerzas para luchar y sacrificarse hasta la muerte; es la anticipación de entrever “un cielo nuevo y una tierra nueva”, de la que nos habló el evangelista San Juan desde la Isla de Patmos, encaramado como todo un águila al estilo de Juan Sal­vador Gaviota, que voló ha­cia el infinito del cielo azul, para desde allí poder ver y disfrutar del panorama completo, y no anidarse en ese pequeño mundito que reduce y fragmenta la plenitud de la alegría a la que estamos llamados.

Fue motivado por la esencia y el producto final del Adviento que llevó a Martin Luther King, a recitar esa sinfonía hacia el futuro “I have a dream”, yo tengo un sueño, en peregrinación ha­cia Was­hington; tengo un sueño y espero ver el día donde los niños blancos y negros se puedan sentar en el mismo pupitre, donde a la persona no se le juzgue por el color de su piel, como le sucedió a ese astro del béisbol que fue Jackie Robinson, y por lo cual Nelson Mande­la tuvo que pasar 27 años en la cárcel de Sudáfrica, hasta que por  venció el apertheid y construir una nación donde pudieran vivir los blancos y los negros, sin nadie ser segregado; un sueño donde no se tenga la necesidad de re­partir trompa­das como nues­tro gran pelo­tero de San Pe­dro de Macorís Ricardo Car­ty, para defender la dignidad de sus compañe­ros negros y latinos. Sí, seño­res, damas y caballeros (da­men und herren) como dirían los alema­nes; Adviento es un pregón que siempre estará ahí presente anunciando la alegría y la liberación de un nuevo amanecer; es la aurora que da fuerza de victoria a los que creen que es posible una familia, una sociedad y un mundo diferente.

Adviento es ese soplo del Espíritu que tira lejos de no­sotros la pasividad y la indi­ferencia, y el que dio la valentía a Fray Antón de Montesino, para que, en un adviento del 1511, gritara a todo pulmón para que el mundo entero lo escuchara, en especial la Corte Españo­la de aquél entonces. Y decía parodiando a Juan el Bautis­ta: “Yo soy la voz que grita en el desierto. Todos están en pecado mortal, y en él viven y mueren, por la crueldad y tiranía que usan con estas inocentes gentes. Y dí­ganme ¿Con qué derecho y con qué justicia tienen en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios? Acaso, ¿éstos no son hombres? ¿No tienen almas racionales como uste­des?” Y fue tan contundente ese sermón que se converti­ría en el preludio y la base para enarbolar luego los De­rechos Humanos.

Adviento da a luz la Na­vidad, Cristo el Mesías que nos proporciona la fe, para que no tengamos miedo y tomemos la decisión para luchar por la libertad; y hasta ofrendar lo más sagrado que tenemos que es la vida, que fue lo decidido por la razón inmortal de Constanza, Mai­món y Estero Hondo, quie­nes vinieron a encender la antorcha de la libertad, y donde la solidaridad se hizo presente en las personas de Pablito Mirabal y Delio Gó­mez Ochoa, el único sobrevi­viente. Y esa generosidad hizo posible que una férrea dictadura cayera derribada como Goliat que fue vencido por el pequeño David en el nombre del Señor.

Pero antes de terminar esa era funesta era, el dragón como una bestia herida, hizo sentir sus dardos venenosos por doquier y los que aplica­ron el séptimo anillo de la Divina Comedia de Dante, que son los asesinos, hirieron la conciencia nacional e in­ternacional con la muerte atroz de las Hermanas Mira­bal, un 25 noviembre, y fue tal la conmoción que hubo una legislación internacional declarando ese día como el de la no violencia contra la mujer. De esos dos aconteci­mientos nos quedó un him­no, que conviene oírlo de cuando en vez para recordar a esa pléyade de jóvenes que no escatimaron nada para ofrendar sus vidas en la bús­queda de la libertad de su pueblo, y una estrofa de ese himno dice así: “Llegaron llenos de pa­triotismo, ena­morados de un puro ideal y con su sangre noble encen­dieron, la llama augusta de la libertad”.

Su sacrificio que Dios bendijo, la Patria entera, glorificará como homenaje, a los valientes que allí cayeron por la libertad.

Nosotros seguimos espe­rando una nueva aurora como lo hizo el pueblo de Israel; esperando que se cumpla la profecía del profeta Isaías: “En aquel día re­toñará del tocón de Jesé, un vástago sobre el cual se po­sará el espíritu de valor, de sencillez, prudencia e inteli­gencia, que no juzgará por apariencia ni de oídas, sino con justicia a los desvalidos… entonces el lobo y el cordero andarán juntos… y la raíz de Jesé se levantará como una bandera para los pueblos y a ellos acudirán las naciones y será gloriosa la su morada” (Is. 11,1-10).

Ese día llegó y se hizo presente en Belén, de modo que “un pueblo que andaba en tinieblas, de repente vio una gran luz”; esa luz ilumi­nó el mundo entero y un coro de ángeles entonaba un him­no diciendo: “Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra y todos los hombres y mujeres de buena voluntad”. Y como ha sido el acontecimiento más grande que dividió la historia, los austríaco Franz Xaver Gruber y Joseph Mohr, compusieron un him­no que se canta en el universo entero (Stille Nacht, Hei­lige Nacht) “Noche de paz, noche de amor, todo duerme en rededor, entre los astros que esparcen su luz, que vie­ne anunciando al niño Jesús”.

Sí, es verdad, pero quiere seguir naciendo en nosotros. Por eso es esperanzador ­constatar que tenemos mu­chos hombres y mujeres que van empujando la rueda de la historia hacia el desarrollo y la paz social; aunque a veces nos puede entrar el pesimismo de Jesucristo Super Star “Jesucristo, Jesucristo, de qué ha servido tu sacrificio”; porque hay muchos anclados en la cultura de la muerte, no obstante haber oído la advertencia del mismo Jesús “mientras ustedes vivan tendrán tres enemigos en el mundo: el deseo de fama, aplauso y prestigio, el deseo de dinero a como dé lugar y la búsqueda del poder”. Y ahí están los defensores de la cultura de la muerte: del aborto, la eutanasia, del individualismo y el hedonismo; de los deshonestos y de los corruptos sólo piensan en sí mismo y no les importa la fábrica de exclusiones y de marginados que producen.

Pero nos alegramos que a lo largo de la historia y en el correr del tiempo son mu­chos los que ponen en alto la cultura de la vida; por eso ha habido y sigue habiendo Na­vidad, en aquellos que han escogido como grandeza de su vida el servicio y la solidaridad. Los que entendieron que el nuevo nombre de la política es la caridad para poder buscar el bien común. Y la pobreza se hizo virtud en San Francisco de Asís y en Teresa de Calcuta, quie­nes renunciaron a su herencia y a su comodidad para dedicarse al servicio de los necesitados. Y la misión hizo que Fran­cisco Javier dejara la Sorbona de París, para irse a llevar el Evangelio al Ja­pón. Y hasta los leprosos en­contraron su gran protector y amigo en el Padre quien vivió con ellos en la Isla Mo­lokai.

 

Y el impacto del Resuci­tado, del Kyrios y Señor de la historia ha sido tan majestuoso, que marcó con signo indeleble la cultura universal; sino que lo digan Beethoven y Mozart en el campo musical; Miguel Án­gel con la Pie­dad, el Moisés y la Capilla Sixtina, Leo­nar­do da Vinci con la Gio­conda o Mona Lisa, o el Greco con los Gi­rasoles, que son los paradigmas sempiternos de la pintura. Y ahí están las grandes Catedrales de San Pedro en Roma, de Colonia en Ale­ma­nia, de Notre Dame de París o la Sagrada Familia de Barce­lona, que son parte de los grandes patrimonios de la humanidad.

Y ¿dónde se construyó la primera universidad? En Bo­lonia, Italia; y ahí están también universidades de prestigio como Santa Sofía en Ja­pón, el Instituto Católico de París, La Gregoriana en Ro­ma, y la universidad de Bos­ton. Y los políticos encontraron en el Evangelio su compromiso social y su vo­cación para esa ciencia y ese arte tan difícil que se llama la política. Tomás Moro será el patrón de los políticos; pero paradigmas de ella han sido John Foster Dulles en Ingla­terra, Konrad Adenauer y Ángela Merkel en Alemania; Alcides de Gasperi y Aldo Moro en Italia; Eduardo Frei Montalva en Chile, Pepe Mujica en Uruguay quien se quedó en su misma casita y arando la tierra con su viejo tractor y con su único carrito, un cepillo Volkswagen. Y qué hermoso signo acaba de dar­nos el recién investido Pre­sidente de México Ma­nuel López Obrador, quien viajó como un pasajero más en un avión comercial, se quitó dos tercios del sueldo del presidente, no tiene escolta y man­dó vender los heli­cópteros y el avión presidencial.

Pero Adviento color de esperanza, se hizo Navidad en La Isabela y el 6 de enero celebraremos el 525 aniversario; y desde entonces y co­mo un relámpago que nadie puede detener, iluminó la isla entera; y un 27 de febre­ro, unos trinitarios encabezados por nuestro querido Juan Pablo Duarte, nos regalaron una Patria, un Himno y una enseña tricolor: en nombre de la santísima y augustísima Trinidad de Dios y bajo la consigna de Dios, Patria y Libertad.

Y rueda, y rueda sin dete­nerse el mensaje del Emma­nuel, que es él que nos convoca esta noche, para exaltar a tres familias que sin lugar a dudas les han abierto sus co­razones y las puertas de sus hogares al Mesías, que les ha hecho posible convertir los valores en virtudes y así testimoniar que verdaderamen­te Cristo ha resucitado, para parodiar el lema de la hermandad de Emaús.

 

Reconoce­mos la familia de Don Mario y

Altagracia Marcelino

 

Un día hace unos cuantos años, en Puesto Grande – Moca volvió a resonar la alegría por el nacimiento de un nuevo vástago, que sería uno de los más pequeños, de los 19 hijos que componían la familia Marcelino Salcedo. Y dos años más tarde suce­dería lo mismo en la familia Sal­cedo Reyes con el naci­miento de la séptima hija. Ambos crecieron en el mis­mo patio de la comunidad. Compartie­ron escuela, el catecismo y casi la primera comunión. Se hicieron gran­des y hace 46 años que decidieron unir sus vidas en san­to matrimonio;  procrearon 4 hijos: Mari­sela Altagracia, Yesenia del Car­men, Edward Francisco y Edikson Manuel. Ahí tene­mos un hogar lleno de armo­nía y sonrisa, cuyo uniforme es el trabajo, el respeto y el amor. La fe es el estandarte y la servicialidad es su grande­za.

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Florencio de la Cruz García y de Ubaldina Abreu Almánzar

Qué coincidencia, aunque en lugares distintos, que en el hogar de la familia De la Cruz García, nació en Monte Negro, quien será parte de 13 hermanos; y cuatro años más tarde en Sabana Rey –La Vega en la familia Abreu– Almánzar nació una niña que será la número 11. Como la pareja anterior participaron de todo lo que se mueve en una comunidad pequeña; también se combinaron para estudiar derecho en la Uni­versidad Católica Nordes­tana. Cupido los flechó, y en la Iglesia Nuestra Señora del Carmen les cantaron el Ave María de Schu­bert. El resultado final: tres maravillosos hijos: Enny Emmanuel, Alma Jhaenny y Eimy Ale­jandra. La bandera que cada día on­dea en el corazón de esta familia es su fe católica militante y su testimonio de vida.

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Julio Da­mián Guzmán Hilario y de Petro­nila García Hilario

 

En la tercera familia que les presentaremos las cosas son muy distintas. Dios tiene sus planes, aunque nosotros los mortales a veces no lo en­tendemos. Digo esto porque fue el negocio de José María García y de Bienvenida Hila­rio, padres de la dama que presentamos esta noche, don­de su galán la “relojió” y le tiró la primera mirada; pero al enfermarse Manuel de Jesús Guzmán, el padre del galán, la mirada parece que hizo su efecto y ya ella se apersonó para llevarle su ju­guito a quien sería después su suegro, y eso fue un gran agrado para el enamorado, que no perdió tiempo para enviar las tres cartas declaratorias de su amor, a la cual ella no podía contestar de in­mediato, porque daría la im­presión de que era fácil de con­seguir y eso era un impe­dimento para un sano matrimonio del futuro. Un día fue a pedir la mano de su ena­morada, pero eso sí, con sus padres, a lo cual accedie­ron los padres de la enamorada y hubo hasta un brin­dis con cerveza malta morena. Se casaron en el año 1965 y como los dos eran maestros se fueron a vivir a Mata Bo­nita, donde procrearon tres hijos: Julio, Da­mián y Petro­nila, que les han regalado 10 nietos. Eso sí, los valores están ahí y te llaman. Valores de fe, fami­liares, de servicio y de entrega generosa. Los dos son animadores de Asam­blea y líderes de la Renova­ción Ca­rismática, de los Cursillos de Cristiandad y miembros de la Comunidad Siervos de Cristo Vivo.  Na­gua es su lugar. Cristo es su líder, la Iglesia es su tesoro. El servicio y su testimonio es el me­jor aval de su currículum.