Me fascina estudiar la conducta de los que se consideran jefes frente a un grupo extraño, sobre todo cuando se percibe que esos personajes no dirigen ni su respiración y en su cotidianidad son tan lentos que si persiguen dos tortugas al mismo tiempo al menos una se les escapa.

Hace años hacía filas en una oficina pública. Todos nos manteníamos tranquilitos y decentes, pero allí estaba un vigilante regordete que deseaba hacerse notar, tratando de imponer “su orden” cuando no había desorden, mandándonos a callar estando nosotros en silencio.

Nadie prestaba atención al desenfrenado. Y mientras más reproches lanzaba, menos caso le hacíamos, hasta que, con un tono de caudillo enojado, tomó su vieja macana y nos empujó exclamando: “¡Acotíllense en ei seto! ¡acotíllense en ei seto, carajo!”.

Tardé un poco en comprender el significado de “¡acotíllense en ei seto!”  (ponga sus costillas en la pared). Entonces, mi instinto y la macana no fallaron y cumplí con las exigencias del mandón provisional. Y cuando le obedecimos, se alegró saboreando su efímero éxito, sin imaginar que dos días más tarde sería despedido, tal vez a petición de uno de los presentes.

Todo poder es temporal, no importa su dimensión. Algunas personas tienen amigos hasta que llegan a la cima y una vez allí, en un santiamén, se olvidan de sus orígenes y de su entorno. ¡Pobrecitos! ¡Infelices!

Pero lo que más temo, aunque lo hago para entender la naturaleza humana, es observar al que ostenta un poder mayor. Caminan con su pecho levantado, sus gestos ficticios, sus delirios de grandeza, sus abrazos demagógicos, sus sonrisas ensayadas, sus adornos en las manos, sus uñas arregladas, sus libros que no leen, sus silencios oportunos para desviar su ignorancia, sus pensamientos y  hechos concentrados exclusivamente en la defensa de sus intereses individuales.

El poder en los sectores público y privado es una rueda: quien está hoy arriba, mañana puede estar abajo. Traté con algunos que entendían que jamás descenderían de sus altares y juraban que allí eran Dios. Resultado: caídas estrepitosas, soledades dolorosas y descrédito inmisericorde.

Así las cosas, sirvamos con humildad y responsabilidad desde cualquier lugar en que estemos, sea nuestra misión pequeña, mediana o grande. Seamos útiles donde estemos, dejemos huellas positivas, donde nuestro accionar sirva de modelo de honestidad, eficiencia y servicio al prójimo.

No enviemos a nadie de mala manera a “acotillaise en ei seto”. Mahatma Gandhi nos enseñó: “El poder es de dos tipos. Uno se obtiene por medio del castigo y el otro por actos de amor. El poder basado en el amor es mil veces más efectivo y permanente que el derivado del miedo al castigo”.