Monseñor Freddy Bretón Martínez • Arzobispo Metropolitano de Santiago de los Caballeros

Creo que basta de historias, por ahora. Si un viejo empieza a contar…Cuando se repasa lo que Dios se ha dignado hacer por medio de uno, no queda más que una sincera gratitud al Señor. Yo suelo decir que el trato con las personas al comienzo de mi ministerio me curó de la inseguridad que experimentaba. Ver lo mucho que la gente valoraba lo que yo como sacerdote hacía me hizo valorar yo también el don de Dios en mi sacerdocio.

Eso no significa que todo sea coser y cantar. Se pasa trabajo (pero dónde no). Al Seminario San Pío X fue una vez un sacerdote que luego se radicó en Puerto Rico. Nos presidió la Eucaristía, y nunca olvido la amargura que rezumaban sus palabras. Y sin embargo, hizo un buen trabajo en la vecina isla. En el Seminario Mayor recibimos también la visita de otro, creo que llegaba a la Capital desde la línea noroeste. ¡Válgame Dios! Cuánto desconsuelo. Pero, a pesar de todo, también perseveró en el ministerio. Recuerdo bien su nombre y su figura.

Algo que me desconcierta siempre es que un sacerdote abandone el ministerio. Yo –como he dicho– sé de fragilidad y de tentaciones. Pero no alcanzo a entender cómo alguno puede abandonar el sacerdocio y quedarse como si tal cosa (como si se comiera un pedacito de yuca, decían en el campo, en mis tiempos).

Siendo yo estudiante en Roma supe que un compañero sacerdote estaba por abandonar el ministerio. Le escribí una larga carta, y recuerdo que en ella le decía que se acordara de todos los ojos que estaban fijos sobre nosotros (“una nube ingente de testigos…”). Nunca supe si la recibió, pues en ese tiempo era común que los mismos empleados del correo dominicano abrieran las cartas del extranjero –sobre todo las “gorditas”, como la mía– suponiendo que contenían dinero. Cuando regresé, ya el abandono era un hecho consumado, y cuando volví a ver al compañero, ya no tenía sentido ni siquiera preguntar si recibió mi carta. Poco tiempo después enfermé, y el médico que me atendió me dijo: “a mí me casó el padre Fulano” (el mismo del caso que refiero). Y me dio un poco de pena, pues, sin duda el sacramento seguía en pie, pero sin el referente de fidelidad, modelo para los esposos que debe ser el sacerdote.

Otra cosa que entiendo aún menos que lo anterior, es que un sacerdote, por resolver una situación personal, abandone su Iglesia, y se vaya a buscar vida a otro lado. Como dije más arriba, puedo entender que salga y se case, pero no puedo entender que abandone su Iglesia. He conocido algún caso triste, en este sentido. Un sacerdote que trabajó como católico en una pequeña ciudad, y luego volvió a la misma como otra cosa. Yo pensaba: y ahora ¿qué dirá? “¿Estaba equivocado: ahora les traigo la verdad?” Esto produce una gran confusión en los fieles, sobre todo en los que saben que no todo es lo mismo. Ya se ha dicho: la gracia de la fidelidad hay que pedirla y conquistarla todos los días. Nadie está seguro. Me viene a la mente el caso de aquel piadosísimo sacerdote. Ya de seminarista mayor veía hacer fila a los menores que él, pues tenían como algo muy grande oír sus consejos. Después de unos años de ministerio, ¡cuánto daño haría a la Iglesia, desde una secta! Y una vez, siendo yo seminarista, coincidí en un carro público de Santiago a Santo Domingo con un sacerdote que acababa de dejar el ministerio, pero tenía el juicio tan maltratado que lo abandonó con amplio despliegue de prensa, detallando hasta lo más mínimo de sus fechorías. Él no me conocía. Todo el trayecto lo pasó echando imprudentemente por la boca cuanto le pareció, quedando la Iglesia muy maltratada. No sé si para bien o para mal, yo no abrí la boca en todo el viaje.

Son casi treinta mis años ligado al seminario: 12 como seminarista, 17 como formador (incluyo los dos en Roma, estudiando para el seminario). Para completar, he sido durante muchos años miembro de la comisión de Obispos para el Seminario. Y como obispo diocesano, debo estar necesariamente vinculado a él. En todo ese tiempo, no solo me he relacionado con seminaristas sino también con muchos sacerdotes.

He visto que la vocación supone mucha prudencia y coraje por parte del elegido. Siempre decía que un gran paño se compone de pequeños hilos y que un edificio se reduce casi a solos granos de arena. Y repetía a los seminaristas: los deslices que tengan por ser permisivos ahora, calcúlenlos en progresión geométrica, para cuando sean curas. Porque si ahora, con todas las precauciones, con personas atendiendo de ustedes, sin estar mayormente expuestos, y aun así se equivocan, qué será cuando dependan enteramente de ustedes mismos en todo, mirados como líderes (y solo falta que les dé por sentirse importantes…). Además de que fruta prohibida, más apetecida…

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