Hay algo que siempre me ha parecido impresionante: la Biblia que hoy uno puede tener en el bolsillo costó siglos de oración, estudio, tinta, pergamino y hasta callos en las manos. Pensemos en san Jerónimo, aquel hombre dedicó buena parte de su vida a estudiar la Escritura. Aprendió Hebreo y Griego, comparó manuscritos y trabajó en la traducción latina que conocemos como la Vulgata. Vivió en ambiente monástico y terminó sus días en Belén, literalmente rodeado de la Palabra que tanto había estudiado.
Y después vinieron generaciones de monjes copiando libros a mano. Imagínese eso: usted comete un error escribiendo un versículo… y no existía el botón “Ctrl + Z”. Durante siglos, los monasterios fueron importantes centros de producción y conservación de manuscritos. Allí se copiaban textos bíblicos, teológicos y también obras de otras áreas del conocimiento.
Hasta que llegó Gutenberg, en el siglo XV, con la imprenta. Hacia 1454-1455 se imprimió la famosa Biblia de Gutenberg, una Biblia latina basada en la Vulgata.
Se estima que se produjeron alrededor de 180 ejemplares. Y hoy… Hoy tenemos la Biblia en papel, en letra grande, pequeña, de estudio, de bolsillo, con comentarios, sin comentarios, y hasta en el celular. Tenemos más acceso a la Biblia del que san Jerónimo jamás pudo imaginar. Pero aquí viene el problema.
Quizá hemos pasado de una época en la que era difícil conseguir una Biblia, a una etapa en la que es difícil abrirla. Porque tener la Biblia descargada no significa conocerla. Tenerla en la mesita no significa leerla. Y hasta llevarla todos los domingos bajo el brazo puede convertirse simplemente en parte del uniforme.
La tradición monástica entendió algo fundamental: la Escritura no está para decorar una biblioteca, sino para transformar una vida. Por eso existe la lectio divina: leer, meditar, orar y contemplar. No solamente preguntarnos: “¿Qué dice este texto?”, sino también: “¿Qué me está diciendo Dios a mí?” San Jerónimo lo resumió de una manera difícil de mejorar: “Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo.”
Así que quizá hoy no necesitamos otro aparato para leer la Biblia, quizá necesitamos cinco minutos de silencio… y empezar por una página. Porque después de tantos siglos de monjes copiándola, santos estudiándola, impresores reproduciéndola y celulares almacenándola… Sería una pena que pasemos a la historia como la generación con más biblias disponibles, pero que nunca la leímos.
Hasta un próximo encuentro
Desde el monasterio



